domingo, 4 de enero de 2015

Diez pisos



Lloró. Lloró desesperadamente. Lloró sin remedio. Lloró. De repente se preguntó qué sentido tenía llorar si iba a morir. Paró. Levantó la cabeza y miró: Miró sus manos, rojas; como se sujetaban desesperadamente a la cornisa. Miró hacia abajo, y vio los diez pisos que le separaban del suelo.

Recordó cómo había acabado así. Cómo había visto aquel anuncio en el periódico y había pensado: “¡Este es mi trabajo!”. Había llamado al número de teléfono y le dijeron que fuese a esa dirección (no en una empresa, sino en una casa particular), porque iban a hacerle una entrevista de trabajo. Y estúpido de él, se lo creyó. Como un tonto fue a la dirección. ¿Y qué se encontró? Se encontró con un hombre vestido de traje y corbata, con un maletín de cuero negro en una mano, y un montón de papeles en la otra; el típico directivo que mira por encima del hombro. Demasiado típico, entonces no se dio cuenta, pero era demasiado típico. El hombre comenzó a preguntarle por el tiempo que llevaba sin trabajo, por qué no podía encontrar uno, y más cosas de ese estilo. Hasta ahí todo fue más o menos normal. Pero todo se torció. El hombre se levantó, le observó, y sacó una pistola de su “típico” maletín de directivo. Dijo: “Eres una carga para el mundo, mi deber es eliminarte”. Avanzó hacia él, empuñando su pistola, y él retrocedió. Hubo un momento en el que no se podía avanzar más. Dio un paso atrás, no notó el suelo y, de repente: caída. En el último momento se agarró a la cornisa y vio cómo, riéndose, el hombre cerró la ventana.

Llevaba una hora sujeto a la cornisa, miró hacia arriba, al muro de cristal que lo separaba de la vida. Ya no sentía las manos, solo oía el chirrido que hacían al resbalar sobre el hormigón. Miró por última vez, solo se sujetaba por los dedos. Cerró los ojos, ese era el fin.