domingo, 11 de enero de 2015

El cuerpo - el día de las investigaciones




Domingo por la noche
La lluvia empapaba la lona que había en el suelo, creando remolinos en el asfalto. Se agachó despacio, con cuidado de no mojarse el abrigo nuevo y levantó la tela. Le habían avisado, pero aun así se sorprendió. Cualquier otra persona al verlo habría vomitado o como mínimo lo habría vuelto a tapar, él no. Simplemente se quedó observándolo intrigado. Le habían advertido que resultaba aterrador, y tenían razón. Se había acostumbrado a ver cadáveres, pero este era diferente. Para empezar no era un cuerpo, lo parecía pero no lo era. Eran muchos trozos cosidos para crear la ilusión de que era una única persona, pero pudo distinguir que estos pertenecían a varios cadáveres, si no las proporciones no encajaban. Ahora entendía por qué le habían llamado, normalmente no lo hacían hasta que tenían más de cuatro víctimas, pero quizá las tuvieran.
Se levantó con calma. El agente se acercó a grandes zancadas hasta él. No sabía cómo se llamaba, era una niñera más de la docena que le habían asignado en los dos últimos años; todos respondían a la misma descripción: varón de mediana edad y complexión fuerte, como dirían ellos. Notó como le lanzaba una mirada inquisitoria, seguramente quería saber si había descubierto algo.
– Todavía no tengo nada, quiero oír al forense antes de sacar conclusiones.
–¿Y se supone que es el mejor? –Oyó susurrar despectivamente al agente
–Ser el mejor no significa ser el más rápido
Caminó con paso seguro hasta el coche que le llevaría a su tranquilo apartamento; siempre seguido por aquel policía desagradable.
Mientras el vehículo se alejaba bajo la lluvia analizó el escenario. Si el asesino quería llamar la atención había elegido el lugar perfecto. Era una calle ancha, de tres carriles en cada dirección, y bien iluminada que por la mañana se llenaba de tráfico; pero por suerte el cuerpo lo había encontrado el camión de la limpieza, evitando así el pánico que podría haber producido.
Se recostó en el asiento, intentando pensar como el asesino; sabía que acabaría comprendiéndolo, sabiendo porque lo hacía.


 Lunes por la mañana
El timbre sonó insistentemente. Por fin, llevaba esperando casi una hora. Se tomó su tiempo para abrir, si no era puntual no esperaría que él lo fuera ¿O sí? El agente le miró con cara de enfado.
–Ya era hora ¿No quería ver al forense? –Gritó de mala manera –prepárese, salimos ya.
– Ya estaba preparado –dijo mientras salía rápidamente por la puerta, haciendo que le siguiera corriendo como un perrito faldero.
Abandonaron rápidamente el edificio y se subieron al coche patrulla que les estaba esperando en la puerta. El agente condujo con la sirena encendida hasta la puerta del hospital, saltándose así los atascos de la mañana.
Una vez en el edificio caminaron tranquilamente hasta el sótano, donde el forense tenía su sala. La puerta se abrió y el viejo medico los recibió con una sonrisa. Era un hombre regordete, vestido con una bata y un delantal lleno de sangre, que siempre iba secándose las manos en un trapo rojo. Si uno se lo cruzaba por la calle lo primero que pensaría era que era un carnicero de esos que siempre tienen caramelos en su tienda para los hijos de las clientas; pero en vez de descuartizar cerdos, ese hombre bonachón descuartizaba personas.
–Buenos días pareja. ¿Buscáis a mi último cliente? ¿O debería decir clientes?
–¿Cuantas victimas distintas tenemos? –preguntó antes de que su niñera censurase el chiste del doctor por ser demasiado macabro.
–Ven y míralo tú.
Se acercó al espacio de trabajo y vio cuatro camillas metálicas donde descansaban varios pedazos de carne. Cuatro víctimas, tampoco era tanto, en un principio había apostado por que fueran casi una docena.
–No he podido identificarlas aún, estoy esperando a ver si hay alguna coincidencia en el DNA.
Una simple mirada a las camillas le bastó para saber porque no había podido, todos los dedos tenían las huellas quemadas y no había más de tres dientes por persona.
–¿Has probado con la palma? –Preguntó señalando la cuarta camilla, donde se veía una mano casi completa, si no se contaban los dedos. –Quizá esté incluida en algún sistema de seguridad con acceso vía Internet.
Era una idea desesperada, lo más probable era que no tuviera éxito, era una tecnología poco implantada, pero conocía perfectamente lo pequeña que era la base de datos de DNA. Quizá así tuvieran una oportunidad más; pero no lo creía, el asesino parecía demasiado listo como para dejar pasar ningún detalle. Mientras pensaba esto el carnicero feliz, no podía evitar llamar así al forense en su mente, estaba apretando la mano desconocida contra un lector electrónico. Al momento el instrumento empezó a emitir una música tirolesa.
–Lo siento, lo he tuneado un poco –se apresuró a explicar el doctor –Parece que tu idea ha dado resultado. 
El agente y él acercaron sus cabezas a la pequeña pantalla donde se veía el nombre de la víctima. Era Edgar Cruz, un carretillero en un supermercado del centro que tenía la identificación para acceder al almacén. Ya tenían algo. Se apresuró a salir para continuar investigando, pero antes de traspasar la puerta hizo una última pregunta
–¿Sabes ya cuando murieron?
–No, quizá nunca lo sepa. Los cuerpos fueron congelados.
Era evidente que el asesino era bueno, quería que resultase casi imposible que le localizasen, pero él estaba convencido de una cosa, era bueno, pero no era el mejor.


Lunes por la tarde
Giró la llave. La puerta se abrió lentamente. Tanteó en busca del interruptor, no la encontraba, pero sabía que tenía que estar ahí. No era su casa, evidentemente; era la casa del señor palma, no podía evitar poner motes a las víctimas. Por fin lo encontró, no funcionaba ¿Por qué tenían que fallar las luces cuando iba solo? El agente de turno siempre llevaba una linterna enorme que lo iluminaba todo, él se tenía que valer con una lucecita de un solo led. La encendió.
No se veía casi nada, pero pudo distinguir que estaba en una entrada pequeña con un espejo roto. Avanzó hacia lo que parecía un pasillo y se paró en seco. Había una mancha oscura en el suelo, parecía sangre… Era sangre, seguro, pensó al enfocarla de cerca. Tenía una buena noticia: había encontrado la escena del crimen; y una mala: Debía llamar a “los policías de verdad” ¿O no?, ¿Y si lo resolvía él solito? No era una idea descabellada, sabía que podía hacerlo, y además no tendría que depender de otros.
Atravesó el pasillo con cuidado de no pisar la sangre y subió todas las persianas de la casa. Ahora podía hacerse una idea de cómo era el lugar. El piso era pequeño con una sola habitación que hacía de salón y dormitorio. La cocina, aparte de tener una pila de platos sin lavar parecía intacta; en cambio el salón parecía un campo de batalla, la tele estaba caída en el suelo, los cojines del sofá desgarrados y las estanterías volcadas impidiendo el paso. Entró en la habitación saltando por encima de los muebles.
En el suelo había varios libros, seguramente se habrían caído durante el forcejeo, la mayoría de ellos pertenecían a una colección de esas que se vendían más para decorar que para leer, pura fachada; pero hubo un volumen que le llamó la atención. Era un ejemplar más viejo, desgastado por el uso, como si alguien lo hubiese abierto cientos de veces. Lo miró. No era un libro, era un álbum de sellos perfectamente cuidado; parecía que su dueño lo considerada un tesoro, por eso le sorprendió ver una tarjeta clavada de cualquier manera entre sus páginas.
Tienda especializada en filatelia:
Vendemos, compramos y autentificamos sellos.
Solo atendemos con cita previa.
¡Riing! ¡Ring! ¡Ring! ¡Mierda! Era su móvil. Rebuscó entre sus bolsillos hasta que lo encontró, en la pantalla ponía: Agente 5. Se planteó seriamente no cogerlo, dejarlo todo y olvidarse de ese maldito incordio, pero si quería resolver ese caso quizá necesitara la información que hubiera conseguido su “compañero” en el trabajo del señor palma; lo había vuelto hacer, era inevitable, pero sonaba tan bien…
–¿Has encontrado algo en la casa? –le preguntó directamente en cuanto dio al botón verde
–No, solo hay los cachivaches normales, nada que pueda servirnos de pista –mintió tranquilamente
–Has dado en el clavo: “la casa nos dará mucho más” –le repitió sarcásticamente las palabras que había pronunciado unas horas antes –en cambio “mi pérdida de tiempo” ha dado resultados. Nuestro carretillero se peleó con un compañero de trabajo el miércoles, y el jueves no apareció por ahí. Yo diría que tengo una pista, es más, tengo un sospechoso. Voy a interrogar al compañero. ¿Podrías venir hasta la comisaría? No me apetece ir a buscarte.
–Ya voy.
Así que a la niñera no le apetecía trabajar, eso podría venirle bien. Jugueteó con la tarjeta que todavía tenía en la mano. ¿Tenía algo escrito por detrás? Se fijó. Ponía: miércoles 19:30. Era el día que la víctima había desaparecido. Quizá fuese el último lugar donde se le había visto con vida o el lugar donde se había encontrado con el asesino; ojalá fuese la segunda opción, era mucho más emocionante.
Debería volver a la comisaría, ye encontraría un hueco después para investigar ese negocio; debería.


Lunes por la noche
No había vuelto a la comisaría y se sentía mejor que nunca, llevaba dos años siguiendo las reglas y ya era momento de saltárselas. Estaba en la puerta del supuesto negocio de filatelia, y lo único que había era un local abandonado, con un antiguo escaparate con los cristales opacos por el polvo acumulado y una persiana metálica llena de grafitis. No hacía falta ser muy inteligente para darse cuenta de que ahí pasaba algo raro.
Con cuidado pegó cinta adhesiva en el cristal del escaparate y le dio un puñetazo que dejó un agujero. Todos los trozos de vidrio se habían quedado pegados a la cinta, por lo que pudo meterse por el agujero sin cortarse; hacía mucho que no usaba esa técnica, pero todavía funcionaba. El interior del local parecía haber sido usado recientemente como casa, ya que entre un bosque de cajas de cartón había una cama deshecha y restos de comida. Iluminó con la linterna las diferentes cajas. Cuatro de ellas tenían nombres de persona escritos con rotulador: Alice Nightingale, Horacio Gloom, Vicent Shackle y Edgar Cruz, el señor palma. ¿Los otros nombres pertenecerían a las demás víctimas? Era lo más probable.
Se agachó, sujetó la linterna con la boca y se puso a abrir la caja del señor palma. Dentro encontró fotos de vigilancia, y varias cajas de DVDs con fechas escritas. El asesino se había estado documentando sobre la vida de la víctima. Pero, ¿Por qué? ¿Para poder matarlo de forma discreta? Probablemente la respuesta estuviese en alguna parte del local. Se levantó para mirar a su alrededor cuando algo le golpeó la cabeza. No supo que había sido, no supo cómo había sido, no supo nada


CONTINUARÁ...