domingo, 26 de junio de 2016

2055



El guardia miró al hombre que tenía enfrente. Llevaba mucho tiempo en ese trabajo y había visto a muchas personas detrás de los barrotes de su calabozo, había de varias clases: Podían ser borrachos, agresivos, pasotas; ese era de los que daban pena. Se notaba que no estaba acostumbrado a un sitio así, estaba inquieto, incapaz de quedarse quieto; incluso diría que estaba pálido. No se comportaba como los delincuentes habituales que sabían que habían cometido un delito pero no querían que los demás lo supiesen; tampoco se comportaba como los ricos que se creían superiores por muchos crímenes que llevasen a sus espaldas; se comportaba como alguien no supiese que pintaba detrás de los barrotes.
–¿Qué haces aquí? –no debería preguntárselo, pero tenía demasiada curiosidad.
–Soy periodista.
No era una respuesta, aunque quizá esa frase fuese lo más parecido a una respuesta que el pobre hombre pudiera darle.
–Malos tiempos para semejante trabajo si se hace bien. ¿A quién investigaste?
–Un ministro, no creo que quiera oír nombres, por su seguridad.
–Claro que no –tuvo que hacer muchos esfuerzos para no reírse en su cara, ¿Un ministro? ¿Cómo podía haber sido ese tipo tan imbécil como para no saber que eso acabaría mal?–. ¿Por qué?
–¿Por qué lo investigue? Fácil, si usted o yo hubiéramos hecho lo mismo que él estaríamos detrás de estos barrotes.
–Usted ya está entre estos barrotes –estaba siendo algo cruel, pero era la realidad.
–Tenía que intentarlo, no podemos vivir en la ignorancia, no es vida.
–Sí podemos vivir así, hace muchos años que lo haces y tampoco ha pasado nada –quizá cuando era más joven él también había pensado así, había querido aquel mundo que vivieron sus padres a principios del siglo XXI donde se podía hablar, pero eso ya había quedado muy atrás en la historia.
–¿Seguro? ¿Lo sabría si hubiese pasado algo, si nuestra actual ignorancia hubiera conducido a algún desastre o habrían encerrado aquí mismo a todos los que tuvieran alguna idea de ello?
–lo sabría –estaba mintiendo pero no podía decir otra cosa, esas ideas, esa forma de pensar por muy correcta que le pareciese solo conducía a un lugar y él prefería su lado de los barrotes.
–¿Cómo?
–Existen periódicos, televisiones, webs…
–Lo sé, yo he trabajado en varios y mire a dónde me ha conducido mi trabajo.
–Mucha gente trabaja en medios de comunicación y no acaba así –por mucho que le doliese tenía que hacer su papel de abogado del demonio como representante de la autoridad.
–Mucha gente escribe los relatos que le ordenan sin preguntarse cuantas mentiras hay en sus palabras, unos pocos buscamos la verdad
–Unos pocos acabáis aquí, desperdiciando vuestras vidas –no estaba pensando solo en aquel joven idealista, pensaba más bien en algunos amigos que había visto desaparecer por culpa de esas ideas llenas de justicia e igualdad– ¿Merece la pena? Por mucha razón que tengas, ¿Merece la pena tirar tu vida por unas palabras que quizá nadie esté dispuesto a leer?
–Sí. Claro que merece la pena.