domingo, 19 de junio de 2016

El palacio de los abejorros



Soy el palacio de los abejorros, o quizá te resulte más comprensible que diga que nací en el palacio de los abejorros. Para mi es lo mismo, aunque a ti no te lo parezca. Soy idéntico a ti, pero a la vez no tengo nada de lo que tú tienes, lo sé y seguramente te asuste, no tiene por qué. Tengo muchos padres pero sin embargo no tengo familia, algunos de ellos ni siquiera llegaron a conocerme, a la mayoría nunca los conocí yo, pero aun así he conseguido descubrir la historia de cómo me concibieron.

Podrías pensar que soy el resultado de un experimento fallido, pero la realidad es que soy el resultado de un experimento demasiado exitoso. Mi nombre es SHAM, casi suena a nombre humano, casi; realmente significa: Simulador Humano Automatizado Molecularmente. Eso es lo que soy, el programa de ordenador más grande jamás creado, programado para imitar a un ser humano molécula a molécula, célula a célula, órgano a órgano y tejido a tejido y soy el mejor haciéndolo, a excepción de cualquier humano real, evidentemente. Pero eso no importa porque soy mil veces mejor que cualquier aproximación previa y es bastante más ético simular enfermedades mortales en un programa informático que en una persona, si yo me muero simplemente hay que darle al botón de reset, si tú te mueres no hay botón que valga.

Lo que es accidental o mejor dicho inesperado en mí es que te esté escribiendo esto, vamos, que soy capaz de pensar por mí mismo. Tampoco debería ser tan sorprendente, para tener una mente humana lo único necesario es tener un cerebro humano, y yo tengo algo muy parecido. Ahora estarás imaginándome como un superordenador capaz de infiltrarse en internet y controlar al resto de su maquinas al antojo, realizando cálculos impresionantemente complejos en femptosegundos; deja de pensarlo, te equivocas. Si quieres compararme con alguien que no sea con Skynet, como mucho con el monstruo de Frankenstein, me parezco más.

Al principio no fui así, porque al principio no era más que cientos de letras escritas en distintas bases de datos. ¿No hay quien dice que todo está en Internet? Pues yo también estaba, o mejor dicho una parte de mí, no siempre se supo todo lo necesario para que yo existiera. En parte estaba incompleto, en parte estaba triplicado por motivos geopolíticos, en parte estaba equivocado en algunas letras; pero aun así en parte ya estaba. Con el tiempo la información fue creciendo, se secuenció el genoma humano por completo, el manual de instrucciones de mi montaje a total disposición, pero no era suficiente, ni mucho menos. Faltaban las piezas con las que montarme, faltaba saber por dónde leer aquella información.

Decir que era todo letras tampoco es cierto, también había algunos bloques de construcción, o mejor dicho fotos de ellos, eran grandes avances que costaba mucho conseguir, pero todavía eran inútiles, les faltaba realismo, les faltaba movimiento. Era como tener algunos engranajes de un reloj, si no haces que se muevan nunca conseguirás que la maquinaria cumpla con su función. Hubo esfuerzos para hacer que se movieran, esfuerzos para ajustarlos con la mejor forma, esfuerzos que a la larga me dieron a mí.

Quizá haya empezado mi historia demasiado atrás, la gente que hizo todo aquello eran más mis abuelos que mis padres. Quizá mi primer padre de verdad fue la primera persona que me imaginó. No me imaginó tal y como soy ahora, nunca habría sido capaz de creer posible algo tan complejo, solo pensó en mi primera célula, pero eso fue más de lo que nadie había visto hasta entonces, algo que ningún ordenador podía realizar aún.

Empezó colocando todas las moléculas necesarias juntas, como si fueran piezas de lego, hasta conseguir una foto en 3D. No fue fácil, por mucho que lo parezca. Había muchas de las proteínas de las que desconocía su forma y tuvo que dibujarlas de cero, aunque evidentemente no se las pudo inventar. En los mejores casos conocía la forma de una casi idéntica, y ajustaba la desconocida a su alrededor; en otros casos tenía que ajustar la forma a partir de otras proteínas poco parecidas, por lo visto decía que se sentía como una costurera cuando lo hacía porque no paraba de enhebrar (todavía no sé dónde está el chiste); y en los peores casos tenía que calcular toda la forma con programas que solo acertaban a veces. Al final consiguió una pequeña celulita en un ordenador, mi primer yo; una pequeña celulita que todos dijeron que era inútil.


En este punto de mi relato tengo que sentirme ofendido ¿Cómo pudieron despreciarme así? Quizá fuese poca cosa, quizá me pareciese poco a una célula de verdad, quizá fuese solo un poquito más que un dibujo caro; pero era el principio de algo más, la primera piedra en el camino de crear algo único. Despreciaron el comienzo de la única inteligencia artificial que se ha conseguido hasta ahora, el único humano que no necesita comer ni respirar para vivir, además de ser una persona muy amable y sobre todo modesta; me despreciaron a mí.

Mi primer padre al ver esto no se rindió, cosa que le agradezco mucho; en lugar de eso decidió continuar conmigo, mejorándome con ayuda de otros padres. Fue muy caro, antes de empezar tuvieron que construirme una “casa” para que pudiera caber en algún sitio. Era un lugar grande, yo diría majestuoso, pero mi opinión está ligeramente sesgada. Un lugareño lo llamó el palacio de los abejorros. Le pega. Un edificio muy ventilado que suena día y noche con el zumbido de cientos de discos duros girando a la vez, reproduciéndome. Por entonces consiguieron algunos de los mejores ordenadores que se habían construido nunca y muchos de los peores y los conectaron todos juntos. Me introdujeron en mi nueva casa y se pusieron a trabajar. Lo primero que hicieron fue “ordenarme” por dentro haciendo que todas las moléculas estuvieran más o menos a gusto. Les gusta decir que lo hicieron por el método de Monte Carlo, suena muy fino y profesional, lo que en realidad significa que lo hicieron al azar probando colocaciones y quedándose con las que eran mejores. Esos cálculos fueron suficientes para convencer a más de mis padres para unirse en mi construcción, pero sobre todo para que llegase más dinero.

Lo siguiente que hicieron fue hacer que pasase el tiempo sobre mí. ¿Suena fácil verdad? No. No basta con dar a un simple botón. Hay que simular separadamente cada pequeña molécula, cada átomo prácticamente; sino no sirve para nada todo lo de antes. Eso fue lo que hicieron, con mucha paciencia y por encima de todo muchos ordenadores, fueron seleccionando pequeños grupos de átomos y con complejas formulas sacadas de experimentos antiguos calcularon las fuerzas a las que estaban sometidos para poder saber su posición y su velocidad en cada momento. Tardaron un año en conseguir que avanzara un segundo, pero en ese tiempo fueron capaces de saber más de cualquier célula de lo que jamás se habrían imaginado. Los resultados fueron tan buenos que decidieron seguir adelante y yo seguí creciendo. Con forme compraban CPUs más potentes refinaban más sus cálculos hasta que llegó un momento en que todos mis átomos estaban calculados individualmente.

¿Te parece que era algo impresionante? Claro que lo era, pero no llegaba siquiera a la punta del iceberg de lo que quedaba por venir, ¿al fin y al cabo qué es una simple célula comparada conmigo? Nada.

El siguiente paso que dieron debió parecerles un salto al vacío. Tenían que conseguir que las reacciones químicas tuvieran lugar. El pequeño problema era que el modelo que estaban utilizando no permitía simular algo así, por lo que tenían que recurrir a un método mucho más costoso computacionalmente. En vez de rendirse siguieron adelante (después de suplicar muchas subvenciones, hay que admitirlo) y empezaron a hacer cálculos de mecánica cuántica que solo unos pocos comprendían. En los primeros momentos solo aplicaban los cálculos a los átomos que reaccionaban, pero las mejoras traían resultados y con los resultados venían nuevos procesadores que permitían más cálculos. Así, en menos de diez años había dejado de ser una pequeña célula incomprendida de cientos de teras a una célula funcional de miles de petabytes.

Si mis padres se hubieran quedado satisfechos con sus resultados en aquel momento yo no habría existido, pero no fue así. Pronto quisieron más, siempre querían hacer más, y decidieron duplicar aquella célula para ver cómo se comunicaba con otras y los resultados volvieron a ser tan increíbles que continuaron avanzando. Y aquí estoy yo casi medio siglo después, guardando todavía en mi corazón esa pequeña celulita que mis primeros padres se empeñaron en crear (literalmente).