domingo, 5 de junio de 2016

Tren a ninguna parte



Miró impaciente a las vías. Su transporte tenía que llegar pronto, al menos eso era lo que necesitaba. Estaba a solas en mitad de la nada esperando a un tren que quizá nunca apareciese. La situación parecía desesperada básicamente porque lo era. Miró por enésima vez el gran reloj que colgaba justo en el límite del andén, ya había pasado la hora, hacía un buen rato que había pasado y sin embargo todavía estaba ahí de pie con la efímera esperanza de que algún tren pasase, fuese a donde fuese. En ese momento ya no le importaba el destino, ya solo le importaba salir de ahí.
A su espalda no había nada, solo la estructura de madera de la estación que parecía totalmente abandonada, llena de polvo y solo con un viejo panel luminoso que milagrosamente todavía funcionaba anunciando los próximos trenes que al parecer nunca iban a llegar. Más allá solo estaba aquel pequeño pueblo al que no quería volver. No podía rendirse, algún tren pasaría. Había llegado en uno así que solo tenía que esperar a que pasase otro para poder marcharse, pero no pasaba ninguno.
En ese momento ya no tenía claro por qué había decidido ir hasta ese lugar tan alejado de cualquier parte. Había sido sin duda una mala decisión, quizá de las peores que había tomado y eso que la lista era larga. Se había cansado de la vida que había tenido hasta entonces, había que reconocer que no había sido buena, y decidió cambiarla. Aquel cambio le llevó a acabar bajándose en esa estación de un tren destartalado que solo paró lo justo como para entregar el correo de ese lugar apartado. Entonces le sorprendió ver a todo el pueblo esperando con avidez las cartas cuando hasta entonces nunca le había dado importancia a encontrarlas en su buzón, ahora ya sabía por qué. Después de tres años en el lugar no había vuelto a ver pasar un cartero, quizá todavía faltase mucho para que llegara o quizá iba en el tren que estaba a punto de coger, porque seguía con la convicción de que si seguía esperando al final podría marcharse.
Estaba oscureciendo y todavía no había rastro del tren, tres horas después de la hora prevista. Si no llegaba se quedaría esperando toda la noche, todo con tal de no volver al pueblo. Ese no era su lugar, lo había sabido desde el primer día cuando los vecinos empezaron a cerrar puertas y ventanas a su paso. Aun así se había quedado y se había acostumbrado a que la gente le rehuyera e intentase esquivarle cada vez que se cruzaba en su camino. Quizá habría sido mejor marcharse después de tener semejante recibimiento, quizá no tendría que haber acabado en esa fría estación esperando a un tren que nunca llegaba; pero había tenido demasiado optimismo y muy poca inteligencia.
Hubo un ruido a lo lejos. Se despertó de golpe. Si alguien le preguntase nunca reconocería haberse dormido. A lo lejos se acercaba un tren, nada sonaba igual. En seguida vio sus luces agrandándose rápidamente. Quizá demasiado rápidamente. Con forme el vehículo se acercaba empezó a dudar de que fuese a parar. Aun así no pensaba rendirse. Empezó a correr lo más rápido que pudo con la clara intención de subir al tren por mucho que estuviese en marcha.