domingo, 21 de junio de 2015

Un mal día



Estaba lloviendo. El cielo estaba oscuro y el aire soplaba fuerte. Abandonó el edificio con su paraguas roto en la mano. No estaba siendo un buen día para ella, y en ese momento solo podía empeorar. El agua empapaba sus ropas que se habían vuelto pesadas y pegajosas. Caminó deprisa, intentando permanecer lo más seca posible. Estaba tan nerviosa que no podía parar de mirar a su alrededor; nadie podía saber a dónde iba o qué iba a hacer.


Llegó diez minutos después. Estaba en frente de un enorme edificio gris que solo tenía unas pocas ventanas y una puerta metálica en mitad de la pared. Llamó. La puerta se abrió lentamente, con un extraño sonido grave. Entró y encendió una pequeña luz. Parecía una habitación vacía, pero sabía que no estaba sola.

–Estoy aquí –Gritó. 

No recibió ninguna respuesta. Ni siquiera un grillo solitario.

–Me pediste que viniera. ¿Qué quieres?

Nada. Empezó a pensar que no había nada en ese lugar excepto aire. Oyó un ruido. Quizás la habitación solo estaba casi vacía. Quería pensar que tenía confianza en sí misma, pero la verdad era que estaba asustada, llevaba asustada todo el día. 

Todo había empezado esa mañana, cuando había encontrado una carta anónima en su casa. Era muy corta, solo unas pocas palabras: “Sé quién eres. Ven esta noche a esta dirección si no quieres que el mundo sepa lo que yo sé.” No se lo había podido creer. Su pasado estaba volviendo. Había cambiado su vida dos años antes, y pensaba que lo había dejado todo atrás, pero eso era imposible.

–Aquí estás—dijo una voz profunda a su espalda. –Sabía que vendrías. No quieres que tus secretos sean desvelados. 

Era un hombre mayor de ojos azules que llevaba un traje oscuro combinado con una corbata de color azul marino.

– ¿Por qué estoy aquí?

–Ten paciencia, te lo diré. Ahora tienes que venir con migo.

– ¿A dónde vamos?

–Ya lo veras, te lo prometo. Vamos.

Abandonaron el edificio por una pequeña puerta trasera escondida detrás de una vieja cortina polvorienta. Fuera les esperaba un coche negro en el que se subieron. El hombre condujo 100km, durante los cuales pudieron ver como se acababa la ciudad y entraban dentro del bosque. Finalmente pararon al lado de una cabaña destartalada. Pensó que no podía ser peor; reconocía el lugar, había estado ahí antes.

–¿Quién eres? ¿Por qué me has traído aquí? –Preguntó muy preocupada. 

–Acabas de reconocer el sitio. ¿No? Un amigo íntimo quería que vinieras a esta vieja casa.

– ¿Todavía está vivo?

–Sí, y nunca te he olvidado.

Se giró lentamente. Estaba mirando aun fantasma. Un fantasma al que había matado dos años antes. 

–Te maté.

–Fallaste.

–¿Cómo? ¿Cómo sobreviviste?

–Deberías saberlo. No me mataste correctamente, no fuiste capaz.

Retrocedió. Nunca había estado segura de que estuviera muerto, y ahora él estaba mirándole. Quería algo, y lo más probable era que fuese venganza.

–Cambiaste. ¿Por qué?

–¿Qué?

–Hace dos años cambiaste. Te rendiste y huiste. Intentaste acabar con todo lo que perteneciera a tu vida anterior, incluyendo matarme. Te perdono, solo dime. ¿Por qué cambiaste?

–No me gustaba ver en lo que me había convertido. Comprendí que estábamos haciendo daño a mucha gente, quise parar.

–Muy pocas veces heríamos a la gente. Casi siempre ayudábamos a los demás.

–Ese es el problema, casi siempre no es siempre.

–Quizás podríamos mejorar.

–No, no podemos.

–Inténtalo de nuevo.

– ¡Bien! Esa es la razón por la que estoy aquí. –dijo sin sorprenderse. –Necesitas mi ayuda. ¿Me equivoco?

–No Pero no te habría buscado si no fueras la única persona sobre la faz de la tierra que puede ayudarme.

– ¿Cuanto?

– ¿Qué? No te entiendo.

– ¿Cuánto te pagan?

–Medio millón.

En ese momento era el hombre que ella había conocido, tan interesado en el dinero que ignoraba todo lo demás. No buscaba venganza, solo terminar un trabajo. Sabía que su mejor opción era ayudarlo, pero no podía, no quería. Sabía que si tomaba esa decisión se odiaría durante años, traicionaría todos los esfuerzos que había hecho para cambiar; pero rechazar el trabajo podía significar que decidiera matarla. Era muy difícil, no había ninguna alternativa buena. Le miró. No podía volver a su pasado; no podía.

–Escúchame cuidadosamente. No te voy a ayudar, ni hoy, ni mañana. Nunca te ayudaré. ¿Ok? ¿Me has entendido?

–Sí. Y es una pena. Realmente quería que pudieras ayudarme. Tienes que creerme cuando digo que lo siento. –Se giró hacia el hombre que la había conducido hasta la cabaña. –Mátala.

El hombre sacó una pistola del bolsillo. Se había olvidado de él durante la discusión y eso tenía pinta de ser su último error. Corrió entre los árboles, escondiéndose en la oscuridad de la noche. A veces paraba para escuchar los pasos de su perseguidor. Estaba muy cerca. No podía correr lo suficientemente rápido como para alejarse. Disparó. La bala alcanzó una rama que estaba solo cinco centímetros por encima de su cabeza, la siguiente vez sería su cuerpo. Corrió cincuenta minutos antes de que pasara, cuando se cansó y empezó a ir despacio. Primero oyó la detonación, y después sintió el dolor en el hombro. La sangre goteó profusamente por su abrigo y empapó la tierra del bosque. Gritó y se alejó corriendo.