domingo, 14 de junio de 2015

La nave nuva



Los dos hombres miraron hacia atrás, contemplando como el planeta destruido se convertía en una simple mota de polvo en la pantalla. Ya estaba, ese era el último adiós que nadie le daría a la Tierra; pasaría mucho tiempo hasta que su superficie curara sus cicatrices, mucho tiempo hasta que volviera a ser un hogar.

Se alejaron en silencio por los pasillos de la nave, cada uno por su lado. Ya no había nada que ver.

Había pasado algo más de un mes desde la devastación y la nave había cambiado por completo. Nació como una exploradora que volvería triunfante al hogar y se había transformado en una auténtica vagabunda sin destino fijo. Llevaba a cuestas provisiones que podrían durar siglos, nuevos sistemas que reciclaban cada mol que se consumía. Su metamorfosis le había costado un alto precio, antes era bonita, con su silueta curvada y su superficie brillante; pero en ese momento a la estructura original le colgaba un contenedor metálico bastante oxidado, lleno de añadidos esenciales parar su nueva vida.

La nave salía rápidamente del sistema solar, con un rumbo nuevo. Sus habitantes no tenían ningún objetivo. Sabían que eran los últimos humanos que llegarían a existir. No tenía ningún sentido buscar un nuevo planeta en el que establecerse, o esconderse en una cueva recóndita para salvar la especie. Solo querían viajar lejos, tan lejos como pudieran, hasta que no quedara nada que pudiera recordarles al hogar perdido.

***

Un año después la nave seguía cruzando un espacio prácticamente vacío con dos hombres desaliñados en su interior que en aquel momento estaban bastante desesperados. Habían calculado que tendrían aire para unos mil años, siglo arriba o abajo; pero en ese momento solo quedaban reservas para unas semanas. Estaban solos perdidos y abandonados a su suerte, pero por el momento no querían morir de anoxia y buscaban incansablemente cualquier milagro que pudiera salvar sus vidas.

Unos días antes de percatarse del problema habían pasado cerca de una luna con una atmosfera que podría llegar a servir para rellenar sus depuradores de aire pese a su mala calidad. Lástima que al ritmo que se gastaban sus reservas llegarían cinco días después de morir asfixiados.

Por muy tentadora que pareciera la idea de navegar hasta la pequeña luna sabían que no era una opción. Por eso los dos hombres estaban discutiendo su situación en la estrecha sala de control.

–Esta es tu nave, yo soy un simple invitado –decía uno –Si me marcho el aire te durará el doble y podrás llegar a la luna.

– ¡No! No pienso permitir que acabes con tu vida de una forma tan estúpida. Te mereces vivir tanto como yo.

–No lo entiendes, para mí no habrá diferencia. Si no abandono la nave moriré, pero si me quedo también moriré. Estoy en mi derecho de elegir como quiero que sean mis últimos momentos.

–Tiene que haber otra salida.

–No, no la hay. Vamos a morir. Acabaremos nuestros días solos en este inmenso contenedor de basura.

– ¡Eh! La Star Wanderer es el resultado de la aplicación de los últimos y más novedosos avances de la tecnología humana. Es una joya.

–Una joya construida por muertos, y si no quieres ser un muerto dentro de la joya dejarás que decida mi propio destino.

–Existe otra solución.

–Por favor, regresa a la realidad, sabes que no la hay.

– ¡No! Lo digo en serio, hay otra solución.

– ¿Cuál? –Preguntó el hombre melancólico, incrédulo y esperanzado por un momento. Acaso Era capaz de imaginar una forma de hacer que apareciese aire de repente en unos tanques totalmente vacíos.

–Escucha George, desde que descubrimos el problema he revisado todos los cálculos que hicimos y no hay ningún error, el aire que introdujimos en los tanques al decir adiós a la Tierra debería habernos durado para siempre.

–Pero no ha sido así.

–Ya lo sé. Eso significa que el contenedor está mal sellado. Hay alguna fuga por la que se escapa nuestro aire.

– ¿Tu solución es buscarla y sellarla?

–Sí

George se planteó un momento si eso serviría de algo. No eliminaría el problema de quedarse sin aire, pero al menos el poco que tenían duraría algo más, quizá hasta llegar a la luna donde podrían rellenar los tanques.

–Entonces tendremos que darnos prisa si queremos conservar aire para los dos.

***

Les quedaban menos de dos días de vida y todavía no habían sido capaces de encontrar la fuga. Habían recorrido cada centímetro cuadrado de la ampliación buscando una corriente de aire que indicara el punto exacto en el que el recubrimiento estaba agujereado.

Nada. Esa era la palabra más pronunciada en la nave durante esos días. Porque eso era todo lo que encontraban, nada. Solo les quedaba por mirar la nave original, aunque no creían que el problema estuviese en ella.

A media tarde el dueño de la nave llamó a gritos a su compañero. Por fin había encontrado el agujero en la cubierta, y tenía la sensación de que lo había provocado él al aterrizar. Estaba en la estructura original de la nave, justo al lado de la junta de unión de los anclajes de los soportes de aterrizaje. No era gran cosa, solo un arañazo en la superficie que había tenido la profundidad suficiente como para que las bajas presiones del exterior expandieran el material y lo abriesen.

Rápidamente empezaron a trabajar en las reparaciones, que básicamente consistieron en soldar varias chapas de acero una sobre otra encima de la brecha. Parecía una chapuza, y era una chapuza, pero por lo menos funcionaba. Nada más terminar el apaño la velocidad de consumo del aire se redujo, dándoles más tiempo; pero no suficiente.

Según lo que indicaban los sensores el oxígeno les duraría cuatro días once horas veintitrés minutos y catorce segundos. Dos días y medio menos de los necesarios. ¿Por qué no podían salvarse y ya está? ¿No habían sufrido ya bastante? ¿De verdad no podían tener un viaje tranquilo?

–Volvemos al principio– suspiró George

–Había que intentarlo. Si hubiera funcionado...

–Pero no ha sido así. Tardamos demasiado.

–Podríamos intentar extender el poco aire que nos queda. Quizá consigamos los dos días que necesitamos.

–¿Cómo?

–Dejando de hablar. Durmiendo todo lo que podamos. Evitando los esfuerzos físicos. Lo básico.

–Vale capitán, pero si después de tres días no hemos ahorrado lo suficiente usaremos mi plan.

El "capitán" se alejó andando, desesperado porque sabía que por mucho que intentara impedirlo al final su compañero llevaría a cabo su plan. Se fue rápidamente a su habitación, intentando alejar de su mente el resultado inevitable de su problema, dispuesto a dormir varios días con ayuda de patillas.

***

George abrió los ojos. Debería seguir durmiendo, pero era incapaz, sabía que si esperaba al momento acordado la cabezonería de su amigo impediría que hiciese lo que tenía que hacer para mantener viva la especie humana. La cuestión no era si él vivía o no; era si lo hacía su compañero.

Se acercó a la sala de control para comprobar el estado del mantenimiento de vida. Cuando ya casi había llegado vio que salía luz por la puerta. Recordaba perfectamente haberla apagado. Solo había un motivo para que estuviera así, y era que su compañero se había adelantado a su plan. Pensó en volverse a su cama y volver a probar suerte más adelante, pero la puerta se abrió en un decepcionante silencio.

Le estaba mirando con cara de reproche. Entró, esperando recibir un grito, pero ni siquiera recibió unas palabras de enfado, solo un mal gesto. Caminó con cautela hasta la consola, el cálculo ya estaba hecho en la pantalla. Si seguían ahorrando aire llegarían justos a la luna, pero si se despertaban para rellenar los tanques no tendrían suficiente. Pese a todo su solución seguía siendo la única valida. Por mucho que quisiera seguir viviendo no tenía salida. Fue a irse, pero justo antes se dio cuenta de que había un segundo cálculo realizado en el ordenador. Era muy arriesgado, un poco estúpido pero quizá podría funcionar; una pequeña esperanza de futuro.

***

Era el momento. Los dos hombres se acababan de levantar para vivir la que quizá fuera su última hora. No habían hablado en voz alta de lo que pensaban hacer, no hacía falta, cada uno tenía claro su parte del plan.

El dueño de la nave se dirigió al sistema de almacenamiento de aire. Desde ahí se encargaría de llenar los tanques lo más rápido posible. Seguía repasando mentalmente el funcionamiento de los aparatos, mientras deseaba en silencio que su idea fuera eficaz.

George en cambio se encaminó a la escotilla principal. Él se pondría un traje espacial y permanecería en el exterior manteniéndose vivo con las bombonas. Sin duda era la parte más difícil de todo el procedimiento, ya que si no salía en el momento perfecto todo se desmoronaría. Si salía demasiado pronto se agotaría su aire y moriría solo, abandonado en el espacio; pero si salía demasiado tarde su compañero no tendría tiempo suficiente para llenar los tanques y moriría dentro de esa lata metálica. La sincronización era la clave, ojalá supiera tenerla.

La luna se acercaba lentamente a la nave. No era gran cosa, simplemente una roca grisácea llena de cicatrices.

Ambos hombres miraron los relojes que tenían enfrente, confiando en que estuvieran perfectamente sincronizados. A pesar de ser simples pantallas con números brillantes resultaban intimidantes, no tanto como podría ser un segundero balanceándose pesadamente, pero lo suficiente como para que los dos seres vivos a bordo de la Star Wanderer fueran incapaces de apartarles la mirada.

Cambio la cifra. Ahora o nunca, pensó George al entrar en la sala de descompresión. Se colocó el caco y vio como se cerraba la compuerta. Cerró los ojos y dio un paso hacia el espacio.

Paso una hora hasta que los volvió a abrir en el momento en el que su amigo le ayudaba a retirarse el casco. Lo habían conseguido.