domingo, 7 de junio de 2015

La destrucción del último señor del bosque



Las volutas de humo se deshicieron suavemente ante sus ojos. Se sumergió en la noche, fundiéndose en la oscuridad como una sombra más. Avanzaba delicadamente, invisible para el resto de habitantes del bosque, igual que un fantasma surgido de las peores pesadillas. En aquel momento y en aquel lugar el mundo se abría a sus sentidos más perfecto que nunca. Escuchaba el constante rumor del aire cruzándose con su cuerpo, ensordecedor para casi cualquier otro oído; pero él además podía apreciar cada ramita que se rompía bajo el peso de un pájaro o cada pisada de una ardilla sobre las hojas secas. Olía a tierra mojada y a hierbas aromáticas acompañadas por el dulce aroma de las flores nocturnas. Sentía el frescor de esas horas sobre cada centímetro de su cuerpo.

Era el rey de ese lugar, lo sabía perfectamente, igual que lo sabían todos aquellos que se paraban a su paso. Era el señor del bosque, el único capaz de decidir el destino de todo lo que se escondía entre sus troncos. Disfrutaba de la tranquilidad que le proporcionaba su situación, esa clara sensación de que nadie se iba a atrever a molestarle; esa capacidad de caracolear entre los árboles más cercanos con la seguridad de que los troncos se apartarían para hacerle hueco.

Se elevó sacudiendo enérgicamente sus alas membranosas. Se extendió y dejó que las corrientes de aire le mecieran lentamente. Muchos creían que daba sus paseos nocturnos para demostrar su presencia y aterrorizar a todo el que pudiera verle, no le entendían; Salía todas las noches para poder sentirse libre, para poder estar solo, alejado del miedo que veía en las caras. Le gustaba ser respetado, pero odiaba ser temido, ni siquiera entendía porque le pasaba. Podía reconocer que su silueta negra resultase un poco intimidante, o que sus colmillos fueran excesivamente largos; pero nada de eso justificaba la reacción que provocaba su presencia. Si al menos se comiera a la gente o la achicharrara viva, pero nunca había hecho nada de eso. Siempre había tenido un comportamiento intachable, ¿Y cómo le pagaban su amabilidad? Mandando a locos de brillante armadura a acabar con su vida.

 Sus hermanos habrían destruido trece aldeas al ver la primera lanza, él en cambio simplemente lanzaba su llama al aire, mostrando su indignación. Pero sus hermanos ya no estaban ahí; vieron la primera lanza, pero nunca vieron la segunda. Él era el último de los suyos, el único que se negaba a morir a manos de los humanos.

Se acercaba el amanecer. La luz empezaba a subir, destacando sus escamas negras sobre el cielo gris. Era hora de volver a casa. Plegó sus grandes alas, pegándolas al cuerpo y descendió en picado hasta la pequeña entrada del pozo que hacía siglos había convertido en su hogar. Las leyendas de los hombres siempre habían dicho que ellos acumulaban tesoros; llevaban bastante razón. Tenían un gusto especial por todos los objetos brillantes, no solo por los que resultaban valiosos para esas bestias bípedas. Por eso aquella cueva resultaba ideal para él. No había necesitado saquear ciudades en busca de estúpidos círculos de metal, las mismas paredes del refugio tenían incrustados bellos cristales de colores que refulgían con fuerza en cuanto los rozaba un rayo de Sol. Se tumbó en el lecho de pajas, cerrando sus profundos ojos amarillos. Se durmió más bello que nunca, convertido su cuerpo oscuro y apagado en un festival de matices por las luces que le llegaban desde cada uno de los costados.

Un ruido extraño partió su sueño por la mitad. Abrió los ojos lentamente, dejando que la tenue luz de la estancia penetrara por sus pupilas alargadas. No tenía prisa, se consideraba bueno, y si había algún intruso en su hogar quería que pudiera disfrutar de unos últimos segundos de vida. Porque podía perdonar cualquier cosa menos que le despertaran en su guarida; nadie sobrevivía a eso. Cuando por fin terminó de abrir los ojos y miró lo que tenía alrededor descubrió que un joven humano intentaba esconderse sin mucho éxito en una esquina de la cueva.

– ¿Quién eres, simple mortal que osas irrumpir en mi morada e interrumpir mi sueño sagrado? –preguntó con su voz grave, intentando asustar al infeliz muchacho – ¿Acaso no sabes que ningún hombre ha sobrevivido tras posar sus pies en el suelo de mi morada?

– ¿Alguien lo ha intentado alguna vez?

Era impertinente el chaval. Claro que nadie lo había hecho, hasta ese momento le habían temido o respetado lo suficiente como para no molestarle; y así se había evitado tener un enfrentamiento directo con ningún humano.

–Esa no es la cuestión. Has entrado en mi hogar, y a no ser que tengas un gran motivo para ello ese será el último error que has cometido.

–Había oído hablar mucho sobre el negro leviatán de amarillos ojos iracundos que amenaza al pueblo hace generaciones con su fuego abrasador y su sombra tenebrosa. Y quería mirarlo de cerca antes de acabar con su vida milenaria y librar a la humanidad de su horrible presencia.

El miedo ensombreció unos segundos sus viejos ojos dorados. Sabía que debía hacer, debía extender su largo cuello escamoso y lanzar una llamarada tan ardiente que derritiera la pared de la cueva y las raíces de los árboles cercanos. Pero no pudo. Después de varios siglos de vida no pudo, porque tras tanto tiempo sería la primera vez que matara un animal que se fuera a comer; un animal que parecía tan indefenso delante de él.

– ¡Hazlo! –Gritó, enfadado consigo mismo por no tener el valor de defenderse – ¡Vamos! ¡Mátame! Destruye al último señor del bosque por ser grande y oscuro, aniquílalo porque no te gusta su aspecto ¡Vamos! Acaba con el último ser de una especie ancestral porque sobrevuela tu casa ¡Hazlo! ¡Vamos! ¡Mátame!

El joven dio vueltas a su diminuta y sofisticada arma, inseguro de que hacer, dudando de que riesgo suponía realmente aquel ser.