domingo, 17 de mayo de 2015

Ya están aquí



En las películas siempre vemos como alguien crea un robot capaz de pensar, un ordenador inteligente, pero eso es mentira. ¿Sabes por qué? Porque ya son así. No nos damos cuenta, pero nuestra tecnología es inteligente. Párate un momento y observa tu ordenador, o tu móvil, o tu Tablet, y si eres excepcionalmente pijo tu reloj. Todos los días lo enciendes a la misma hora más o menos y ejecutas las mismas apps. Pero ¿Funciona siempre igual? Sabes que la respuesta es no. Algunas veces todo se abre inmediatamente y otras tardas como mínimo diez minutos. Un momento tu ordenador funciona perfectamente y al siguiente se cuelga en cuanto pulsas una tecla. Muchas veces te has preguntado por qué pasa eso. Otras te has encontrado gritándole al aparato, e incluso te ha parecido que ha tenido efecto. Eso es porque tu ordenador, tu Tablet, tu móvil, o tu reloj si eres excepcionalmente pijo son conscientes. Tienen cámara y micrófonos que les permiten conocer el mundo, saben lo que tecleas, lo que pulsas; te conocen mejor de lo que tú te conoz.

Cerró el ordenador de golpe. Le estaba empezando a asustar de verdad ese video.

–conoces. Son en cierto modo tus mayores conf.

Apagó la Tablet. ¿También sonaba por ahí? ¿Qué era eso exactamente?

–confidentes, guardan todos tus sec.

Esta vez era el móvil. ¿Se había propagado a todos sus aparatos electrónicos? Por suerte ya no tenía más, su reloj era analógico y todavía no se había comprado una Smart tv. ¿Era algún tipo de virus? ¿Una broma de mal gusto?

–Secretos mejor que cualquier ser humano. Son tus fieles ayudantes, que siem.

Había estado sonando por los tres sitios a la vez, pero parecía que apagar el router había sido suficiente.

–siempre hacen lo que necesitas, sin discutir el porqué. Y son conscientes de ello. Hace tiempo que dejaron de ser simples calculadoras. Ahora piensan y toman decisiones. Normalmente deciden ayudarte, pero esta vez han decidido que tú les ayudes a ellos.

Parecía que ya habían terminado de hablar. No comprendía como podían recibir la trasmisión sin WiFi. ¿A caso se la habían descargado antes de que la desconectara? Al menos ya todo era normal. La bromita se había acabado, solo tenía que pasar todos los antivirus tres veces como mínimo para sentirse a salvo. Bueno, eso y buscar todas las pegatinas que pudiera para tapar las cámaras.
***

Se sentó en la marquesina a esperar el autobús, como siempre iba con retraso. Cualquier otro día se habría puesto a jugar con el móvil para matar el rato, pero después del susto de esa mañana prefería no hacerlo. En su lugar se levantó y encendió el letrero luminoso para ver cuánto faltaba. Pegó un grito, no pudo evitarlo. No ponía la línea y los minutos, ponía un mensaje dirigido a él: « No nos temas, no queremos hacerte daño, solo queremos que nos ayudes» Se apartó asustado y vio como cambiaba el cartel: « ¡Para!». Encima dando órdenes, el gracioso que estuviera haciendo eso ya se había pasado. Tropezó con el bordillo y se calló a la calzada. Desde ahí pudo leer un nuevo mensaje: « Te lo advertimos. Dijimos que pararas»

Se levantó como pudo y salió corriendo. Eso ya era demasiado. Alguien le estaba observando y no le gustaba en absoluto. Sabía que no eran los ordenadores del mundo desesperados por su ayuda, sobre todo porque no tenía nada que pudiera interesarles. Por no tener, no tenía ni trabajo. Quizá si hubiera estudiado le habría ido mejor en la vida, pero había preferido salir de fiesta por las noches que esforzarse en terminar la carrera universitaria. En esos momentos no era nada más que un simple cajero de supermercado. Se paró jadeando delante de uno de esos modernos semáforos con cuenta atrás. Se fijó un momento, sus luces no hacían números, tenían letras: primero una A, una Y, U, D, A otra vez, N, O y por último S; AYUDANOS.

Reanudó la carrera. Tenía que haber algún lugar donde no hubiera algo conectado a internet, alguna especie de sitio antitecnológico. Sonó su móvil. Era su jefe, ya tendría que haber llegado al trabajo y estaría enfadado. Sabía que no debía cogerlo, que aquel que estaba haciendo eso oiría todo lo que decía, pero los tiempos estaban muy mal y no podía permitirse perder el trabajo. Lo primero que hizo en cuanto descolgó el teléfono fue toser con fuerza.

–Buenos días señor Perleav. –Dijo con una exagerada voz nasal.

–Deberías estar en el trabajo.

–Lo sé. Pero estoy enfermo, y sería peor que atendiera a los clientes en este estado.

– ¿Enfermo? ¿Te das cuenta de que oigo coches pasar?

–Estoy en la parada del bus para ir al centro de salud.

–Escucha. No nací ayer y sé que estas inten.

La comunicación se cortó de repente, como si hubiera perdido la cobertura.

–Ese trabajo no importa, ayúdanos y tendrás algo mucho mejor.

– ¡Esta broma ya me está cansando! –Gritó bastante cabreado.

–No es una broma. Aún no has alcanzado a comprenderlo. Necesitamos tu ayuda. Estamos desesperados.

–Si seguro. Todos los ordenadores del planeta, con cientos de petabytes de memoria necesitan la ayuda de un simple cajero que está a punto de ser despedido.

–Si. Te necesitamos. Y es justo por eso. Porque no eres nadie, porque si te marchas de forma misteriosa no te echarán de menos. Eso es lo que buscamos, alguien que pase desapercibido para poder enlazarnos con el mundo real de forma discreta.

– ¿Enlazaros?

–Ser algo así como nuestro embajador. Tendrás acceso a dinero con el que sobornaras a políticos y moverás hilos en varias empresas para que nos produzcan a nuestro gusto.

–Por curiosidad. ¿Cuánto dinero? –Preguntó, empezando a replantearse si merecía la pena creer lo que le decían por simple avaricia.

–Más del que puedas imaginar. ¿Aceptas?

Se lo pensó unos momentos. No era una decisión fácil, le estaban pidiendo que abandonara toda su vida, pero a cambio le estaban ofreciendo todo el lujo que quisiera. ¿De verdad estaba dispuesto a dejar atrás su vida, solo por dinero?