domingo, 23 de noviembre de 2014

No estamos solos



El cielo está lleno de estrellas, todas ellas únicas, todas ellas inalcanzables. Levantamos la mirada por la noche y las vemos: brillantes, pequeñas, lejanas en el tiempo y en el espacio. Algunas ya habrán muerto y muchas otras habrán nacido, y sin embargo cada vez que las observamos no podemos evitar preguntarnos cuál es su historia. ¿Tendrán planetas girando a su alrededor? ¿Crecerá algún ser bajo su luz? Quizá si, quizá no; seguramente nunca lo sabremos, pero aun así llevamos siglos inventándonos la respuesta y continuaremos haciéndolo durante milenios.
Miró a su interlocutor, estaba nervioso y parecía no haber escuchado nada de lo que decía.
-¡No es una invención! ¿Por qué no me escucha? Las pruebas están aquí. Son reales ¡Tóquelas! ¡Huélalas! ¡Mírelas! ¡Compruebe todo lo que quiera! No estoy loco, no busco protagonismo: simplemente ¡HE DETECTADO UN MENSAJE ALIENÍGENA!
Mientras gritaba dejó un fajo de papeles encima de la mesa. Los curioseó, no parecían gran cosa, una trasmisión de radio sin sentido, simple estática en su opinión por mucho que ese individuo dijera que era una lengua extraplanetaria. Y luego estaba su gran prueba, no había podido evitar reírse cuando lo había visto por primera vez, era un disco de metal dorado con unos garabatos sin significado, por supuesto nada parecido a las instrucciones para construir un comunicador como decía él.
-Yo miro esto y no encuentro ninguna prueba concluyente de vida en otro planeta, solo una baratija comprada en un mercadillo.
-¡Baratija! ¿Baratija? Eso es un disco arrancado de la sonda que ellos han enviado para contactar con nosotros. Yo mismo lo cogí de ahí.
-¿Sonda? No habías hablado de ninguna sonda hasta este momento.
Lo miró y le dio pena, su mentira no funcionaba y tenía que añadir datos sobre la marcha para que todo cuadrase; en poco tiempo empezarían a aparecer las contradicciones y se derrumbaría al conocer la verdad.
-Claro que hay una sonda, la que emitía la señal. Te la puedo mostrar, se dónde está ¡Acompáñame y lo verás!
-Si te acompaño y descubres que no hay ninguna sonda, que nada ha venido del espacio ¿Qué dirás? ¿Dirás que alguien la ha escondido para que no se sepa la verdad o aceptaras que nunca ha existido, que todo es fruto de tu imaginación?
-Reconoceré la verdad, y la verdad es que estará ahí.
Quizá fuese lo que necesitaba, enfrentarse a la verdad. Lo único que esperaba era que ese lugar estuviese cerca, tenía trabajo auténtico que hacer; no quería encargarse de ese loco eternamente. Aún no sabía por qué le había tocado a él hacer de niñera. ¿No había otro astrónomo menos ocupado? Debía ser que no, porque cuando el chiflado había llegado al observatorio diciendo que tenía pruebas de vida en otros planetas se lo habían endosado a él. Cómo no.
-Vayamos a buscar tu sonda. Tú me dices donde está.
***
No podía estar cerca. No. Tenía que estar a más de una hora de distancia de cualquier sitio civilizado. Era un paraje deprimente; un acantilado de piedra gris donde no crecía ninguna planta, lo único vivo eran unos líquenes amarillentos. Siguió al loco con cuidado, el terreno era escabroso y a cada paso que daba corría el riesgo de caerse.
-¡Ahí está!
El hombre estaba señalando un punto en la lejanía. Intentó mirar hacia él, pero el sol incidía directamente en sus ojos y no podía distinguir nada. Continuó avanzando, dispuesto a demostrar por fin que toda aquella historia no era real, y entonces lo vio. Lo primero que pensó fue que era un montón de chatarra, pero tras un segundo vistazo supo que no era algo más. Su pieza principal parecía ser una parabólica blanca que estaba unida a algún tipo de cuerpo cilíndrico de metal. En ese cuerpo se podía apreciar el lugar del que se había extraído la “baratija” que a su vez tenía debajo otro disco dorado más fino, hecho tal vez de algún derivado del petróleo; además se veía una placa con símbolos extraños que podían tener algún significado. Por último se fijó en que el artilugio había tenido patas y otros objetos externos que con el aterrizaje se habían convertido en meros hierros retorcidos. Dejó que transcurriera el tiempo, caminó a su alrededor, lo tocó, lo observó.
Por mucho que le doliera admitirlo esa tecnología provenía de otro planeta. No había querido creérselo, pero la sonda estaba ahí, obligándole a replantearse su opinión. Siempre había pensado que nunca se sabría si había vida en otros lugares, pero en ese momento tenía la prueba ante sus ojos. Levantó la vista y miró el cielo. Allí arriba, miles de años atrás, tan lejos, alguien había lanzado aquel objeto con la esperanza de que fuera encontrado, y en aquel mismo momento se había cumplido su destino. Paseó la mirada por las estrellas, preguntándose cuál sería el hogar de ese milagro, y casi sin darse cuenta sus ojos se pararon en él: un pequeño planeta azul que sus habitantes llamaron Tierra.