domingo, 30 de noviembre de 2014

La pregunta




Se abrochó la capa y se colocó la capucha. Respiró hondo. No quería hacerlo, pero así es la vida; el príncipe no salva a la princesa, el villano no se vuelve bueno, el héroe no destruye al mal y él debía hacerlo.
¿Qué harías para salvarte a ti mismo? No podía sacarse la pregunta de la cabeza. Aunque lo peor no era la pregunta; era su respuesta, lo que estaba dispuesto a hacer. Estaba dispuesto a matar.
Ya no podía echarse atrás aunque quisiera, así que continuó con su plan. Cogió el cuchillo y lo observó detenidamente, iba a ser su arma; tenía la hoja mellada y oxidada, realmente daba pena mirarlo con su mango de madera rajado y manchado de grasa; pero era mortal. Estaba preparado, no podía retrasarlo más por mucho que quisiera. Volvió a respirar hondo y salió de la casa. Estaba fuera, ya no podía volver a entrar.
Avanzó lentamente abrigado por la noche. Se sentía observado, eran ellos, lo sabía. Aunque miró a su alrededor no vio nada; pero sabía que estaban ahí, controlándole, asegurándose de que lo hacía, cortándole la huida. Continuó avanzando, angustiado por su misión, angustiado por los vigilantes. Había luna nueva y apenas veía nada. Caminaba siguiendo los senderos que conocía de toda la vida, fiándose de su experiencia; pero esa noche todo le parecía diferente, como si fuera la primera vez que pisaba ese suelo.
Llegó a la choza enseguida. Esperaba haber tardado más, pero los nervios le habían traicionado y habían hecho que fuera más rápido que de costumbre. Miró la construcción, apenas se podía considerar que fuera una casa, estaba fabricada con ladrillos de adobe que con el tiempo y la lluvia se habían agrietado y en vez de puerta tenía una cortina de cuentas. Se acercó despacio, luchando contra su propia reticencia. Pensó salir corriendo, pero al volver la vista atrás le pareció ver a un  hombre acechando entre las sombras. Si no lo hacía, él sería el muerto.
Respiró hondo por tercera vez. Se armó de valor y entró atravesando la cortina. Vio un jergón en el fondo de la estancia con un cuerpo encima. Era su víctima. Era un hombre de unos veintidós veintitrés años; no excesivamente alto pero tampoco bajo; su pelo, que caía en mechones grasientos sobre la almohada era de color castaño oscuro; y el pobre hombre estaba tan delgado que parecía no haber comido en días. Se aproximó pisando con cuidado para no hacer ruido. Observó su rostro: tenía los ojos cerrados pero pudo apreciar que eran grandes al igual que las pestañas; no tenía barba, solo unos pocos pelos hirsutos que le crecían en la barbilla y las mejillas; tenía los pómulos marcados y su nariz era pequeña y puntiaguda, solo un trazo poco definido. Lo observó pensando que iba a ser la última persona que mirara a ese hombre.
Sacó el cuchillo. Su hoja resplandecía levemente por la luz de las estrellas que se filtraba por el techo de paja. Lo aproximó al cuerpo dormido. Empezó a bajar el arma para clavarla con fuerza. Se paró en seco cuando le quedaban un par de centímetros para hundirlo. La pregunta seguía resonando en su cabeza. ¿Qué harías para salvarte a ti mismo? Su respuesta había sido matar ¿Pero seguía siendo esa? ¿Seguía estando dispuesto a hacerlo? Miró el cuerpo tendido a sus pies, indefenso. Se agachó lentamente.
-¡Corre! Márchate de aquí- Susurró al hombre dormido
Este se levantó de un salto, observó el cuchillo que todavía llevaba en la mano y salió por la ventana desvaneciéndose en la noche. No había podido. Hasta el último momento había creído que sería capaz, pero no. La conciencia había podido sobre la vida. La cortina de cuentas tintineó a su espalda. No se molestó en girarse, ya sabía quién era.
-Has tomado una mala decisión- dijo la voz a su espalda- Ya sabías que alguien tiene que morir esta noche.
Respiró hondo por última vez.