domingo, 8 de marzo de 2015

Dos años en el espacio



Miró por la ventana una vez más. Nada, no percibía ningún cambio; solo estrellas y más estrellas pasando a su lado. No era lo que se esperaba, sin duda no era lo que esperaba. Llevaba muchos meses recorriendo el espacio en esa vieja nave y no había encontrado nada interesante. Se sentía decepcionado, como si el universo conspirase contra él volviéndose aburrido de repente.

Había creído que al enrolarse en ese viaje iba a encontrar grandes civilizaciones extraterrestres y fenómenos astronómicos únicos; pero hasta el momento todo lo que había encontrado era silencio y estrellas. Los primeros días el viaje había resultado relajante: alejarse de las multitudes, del ruido, de la contaminación, de las prisas; pero en ese momento daría cualquier cosa por estar subido a un metro en hora punta llegando tarde al trabajo. Aunque parecía raro se había dado cuenta de que necesitaba el estrés, necesitaba esa sensación de no llegar para poder sentirse vivo, porque en ese momento se sentía como una estatua viendo pasar un día de lluvia.

Se recostó cómodamente en su butaca. Las horas pasaban y ya no sabía cómo llenarlas; al principio había leído todos los manuales de la nave, pero evidentemente se había aburrido como una ostra; había pasado a jugar al solitario del ordenador de abordo; cuando se cansó de eso redecoró la nave; después nombró todas las estrellas que pasaba, hizo ganchillo, jugó al curling; pero ya no sabía que más hacer. Al menos ya se estaba acercando a la mitad de la misión, en una semana habría desperdiciado dos años de su vida contemplando estrellitas y podría dar la vuelta para desperdiciar otros dos años en volver a casa.

No hacer nada le había adormilado y fue cerrando lentamente los ojos hasta que sus ronquidos llenaron toda la estancia, enmascarando el suave pitido que alertaba de la presencia de un sistema planetario.

Se despertó con un mal humor que no tenía desde que estaba en la nave y no oía la música de la discoteca de debajo de su casa. Algo estaba pasando, tenía esa sensación y el hecho de que escuchara una alarma constante no hacía nada más que acrecentarla. Unos diez segundos después, cuando ya se había despejado un poco se apresuró a encender el ordenador para comprobar que ocurría, pero no lo necesitó. Al llegar enfrente del gran ventanal vio que la nave estaba dirigiéndose rápidamente hacia un sol, lo que por desgracia no era la primera vez que le pasaba. Después de retirar la nave del influjo gravitacional la alarma siguió perforando sus oídos. Contempló lo que le rodeaba y se dio cuenta de que por fin había algo distinto: planetas. Había encontrado planetas.

Tras unos momentos de incredulidad en los que chequeó todos los sistemas posibles para asegurarse de que no era una ilusión empezó a hacerse la idea de que al final su viaje había sido provechoso. Lo siguiente que tenía que hacer era investigar ese lugar, trabajar por primera vez en su viaje. No pudo evitar sentir una enorme pereza por mucho que un instante antes habría dado cualquier cosa por estar en esa situación. Solo había tres planetas, de los cuales dos eran gaseosos, lo que significaba que solo le quedaba una roca que explorar; tendría que ir preparándose.

Se acercó a los pañoles y sacó el traje presurizado. Después de diez minutos de desesperación en los que la indumentaria parecía viva consiguió ponerselo. Subió a la lanzadera y cogió los mandos. La entrada en la atmósfera presentó algunas turbulencias pero consiguió aterrizar en la superficie sin ninguna dificultad.


Miró a su alrededor, el lugar era sin duda bastante seco con su tierra rojiza y sus dos o tres plantas espinosas. Desde el espacio no había notado la presencia de vida inteligente, pero eso no significaba que no se pudiera encontrar con alguna sorpresa desagradable en forma de animal salvaje.

Caminó con cuidado, levantando polvo con sus suelas metálicas. Los micrófonos de su casco no captaban ningún sonido, solo el rumor del viento, aunque esto era un gran avance respecto al agobiante silencio absoluto del espacio.

Fue a apoyar la bota en el suelo cuando de repente noto que no había ninguna superficie donde pudiera apoyarlo. Perdió el equilibrio y se precipitó hacia abajo, rodando rápidamente por lo que parecían unas escaleras.

Cuando por fin detuvo su caída pudo comprobar que efectivamente se trataba de unas escaleras talladas en la piedra con algún tipo de herramienta. A pesar de estar dolorido y quizá con una costilla rota no pudo evitar emocionarse. No solo había encontrado un planeta entre millones de millones de kilómetros cuadrados vacíos, además había tenido vida en algún momento de su historia.

Examinó el lugar en el que se encontraba, era una especie de ciudad subterránea. El suelo estaba adoquinado con piedra pulida de colores que resplandecía con la luz que entraba por pequeñas chimeneas en el techo. Formando una espiral había una fila de edificaciones cilíndricas repletas de tallas que tiempo atrás habían estado pintadas de colores vivos, todas ellas con grandes ventanales redondos.

Cerró los ojos y contempló otra vez aquel lugar, vio como fue años atrás, cuando estaba lleno de vida y los pebeteros que estaban distribuidos regularmente ardían con fuerza. Imaginó como todas las luces se juntaban para formar dibujos únicos y efímeros, imaginó el sonido de cientos de conversaciones rebotando en la piedra. Se sentó en el suelo y sonrió. Supo que en un tiempo aquel había sido un lugar maravilloso y que solo con haberlo visto todo su viaje tenía sentido.