domingo, 15 de febrero de 2015

NewGen



Miró por la ventana y comprobó que por la noche habían vuelto a pintar la fachada. Hacía menos de un mes que vivía ahí. ¿Cómo se habían enterado tan pronto? Por muy amable, por muy respetuosa que pareciera una comunidad siempre había algún fanático entre sus miembros y le tocaba convertirse en su objetivo. Lo peor era que nunca había sido culpa suya. ¿Cómo iba a ser responsable de la ignorancia de la humanidad? Algunos locos le habían dicho que sus padres eran el origen de todos sus males, pero sabía que no era así. Todo lo que hicieron ellos había sido para que pudiera tener una buena vida y por eso le dolían tanto los insultos y las burlas, porque lo que criticaban era todo el esfuerzo de sus progenitores.

Sus padres siempre habían querido tener hijos, pero después de unos análisis genéticos de rutina descubrieron que si se reproducían sus descendientes tendrían una elevada probabilidad de morir al poco de nacer por culpa de una enfermedad. Tras esa noticia parecía que no tenían más opción que renunciar a formar una familia, pero la investigación les dio una nueva oportunidad: “NewGen”, una técnica pionera para esquivar enfermedades hereditarias. Ilusionados rellenaron miles de impresos, se sometieron a cientos de pruebas médicas, demostraron decenas de veces que era la única solución y después de tres largos y angustiosos años nació un niño sano y regordete que en ese momento estaba limpiando las pintadas de la pared de su casa.


– ¡Monstruo! ¡Basura NewGen!

No se giró. Había reconocido la voz. John. Vivía dos calles más abajo y celebraba una barbacoa en su jardín todos los domingos, el típico habitante de un barrio periférico. No parecía un fanático religioso, pero con los años había aprendido que nunca lo parecían.

– ¿Qué pasa? ¿El engendro es demasiado importante como para mirarme?

Se estaba poniendo feo así que entró rápidamente a la casa y cerró con llave.

– ¡Vuelve al laboratorio del que saliste ser inmundo! –Gritó su amable vecino mientras aporreaba la puerta.

Siempre era así, la gente perdía la razón y actuaba por impulso. Había empezado a pasar poco después de que él naciera. Apareció una organización que se hacía llamar “comité por la defensa de la vida orgánica”. Hizo varios atentados contra la sede de NewGen que llevaron a la quiebra de la empresa por no poder costear las reparaciones constantes de sus laboratorios. Pero el CDVO no se conformó con eso, empezó a atacar a los niños que habían nacido bajo ese proyecto, diciendo que estaban diseñados para superar e incluso destruir a los niños normales, que eran una abominación. Con el tiempo el mensaje repetido mil veces, sumado al bajo interés por los gobiernos hacia la educación científica llevó a que una gran parte de la población empezara a mirar a los niños NewGen con malos ojos. Por mucho que la comunidad científica intentara informar a la población y deshacer los malentendidos se creó una espiral de violencia imparable que llevó al asesinato de una niña de seis años. Los miembros del CDVO sumados a varios líderes religiosos llenaron todos los medios de comunicación presentando a los criminales como víctimas y consiguiendo que cierto número de personas considerara mártires a todos aquellos que fueran detenidos luchando contra la “amenaza” NewGen. Durante esa época de terror su familia se mudaba de casa una vez al año como mínimo para evitar a los “cazagenes”, locos dispuestos a morir si se llevaban consigo a algún NewGen. Con el tiempo los ánimos se calmaron un poco y pudieron establecerse en una pequeña ciudad donde sus padres murieron hacía diez años en un accidente de tráfico. Creía que podía llevar una vida normal, pero con el tiempo el CDVO viendo que perdía poder decidió azuzar a sus seguidores y con el tiempo la intolerancia subió, llevando a cotas que no había alcanzado antes. Convirtiendo su vida en una carrera contrarreloj para escapar de hombres normales enaltecidos por eslóganes que estaban dispuestos a matar.

– ¡Escóndete! ¡Vamos, escóndete entre esos muros todo lo que quieras! Pero ten en cuenta que no te protegerán, que no impedirán que libre al mundo de tu presencia.

Mientras aquel loco enfurecido terminaba de gritar se escuchó el ruido de un motor. ¿No sería capaz? Pero antes de terminar de hacerse la pregunta supo que si era capaz, y que iba a hacerlo. Para ese hombre su vida no importaba, era algo que se debía destruir; era terrible, pero era la verdad. No tenía escapatoria, nadie podía correr tan rápido así que se sentó en el suelo esperando a que el todoterreno atravesara la puerta directo hacia él.