sábado, 18 de octubre de 2014

Ola



            Miró el reloj, dentro de un minuto daría la hora; todo dependía de aquel momento, si algo fallaba, aunque fuese lo más mínimo, estaban perdidos. Miró por la ventana, todo parecía tranquilo, quizá demasiado tranquilo; nada indicaba lo que podía pasar, lo que seguramente pasaría. No debía pensar eso, había colaborado, había supervisado parte del plan, lo había ideado; así que debería estar convencido de su efectividad, pero no; conocía todos los detalles, conocía todos los puntos débiles, todas las cosas que podían fallar; y eran bastantes ¡Demasiadas! No habían tenido tiempo, contaban con lo que habían podido hacer en un par de días; pero ¡No bastaba! Lo habían vendido como una solución mágica, como que se arreglaría todo sin problemas, como si no hubiese posibilidad de fallos. Pero no era así, no; realmente era puro azar, podía salir o no salir, dependía de demasiados factores…
            Volvió a mirar el reloj; treinta segundos, solo treinta segundos; el futuro, su futuro, podía acabarse en solo treinta segundos. Ya no había tiempo, no había tiempo de reparar fallos, no había tiempo de nada; solo se podía esperar, quedarse parado, esperar, esperar durante treinta interminables segundos. Miró una vez más por la ventana; se mantenía la calma, esa calma tensa que precedía a aquel momento. No había nadie en la calle, no se veían coches, todas las tiendas estaban cerradas, ni siquiera se oían pájaros; solo un silencio aterrador, que frenaba el tiempo, que lo detenía; haciendo que los segundos se convirtiesen en horas, en días. Miró hacia la playa, después de la arena ya no estaba el mar, se encontraba la construcción que pretendía salvarles; su última esperanza, su gran logro o su peor fracaso, eso se descubriría en breve, unos pocos segundos para ver si ganaban o perdían la partida; pero esto no era un juego. Aquí no tenían varias vidas, aquí si perdían no podían volver a empezar el juego; solo tenían una oportunidad y las cartas ya estaban echadas. Los segundos pasaban y parecía que nada cambiaba, no había ninguna muestra de lo que estaba previsto que pasara. Alguien que no supiese lo que iba a pasar no notaría nada, pensaría que era un día más. Pero cualquier persona informada podía ver cómo todos los pájaros se habían marchado, cómo el mar se había alejado, notaría la tensión del momento e intentaría alejarse, marcharse lejos; pero no le quedaría tiempo.
            Miró por tercera vez el reloj, apenas quedaba tiempo, se escapaba. Solo había cinco segundos que corrían lentamente. El corazón le latía muy rápido en comparación con el lento sonido del segundero. No había tiempo. Tic, Pum-pum,  Pum-pum,  Pum-pum,  Pum-pum, Tac.
            Cuatro segundos. Tic. Miró por la ventana, el mar había retrocedido al máximo y detrás de la obra recién construida se veía una gran extensión de arena blanca. Pum-pum,  Pum-pum,  Pum-pum,  Pum-pum, Tac.
            Tres segundos. Tic. El mar empezó a levantarse creando un muro de muchos metros, se asustó, ahora parecía más grande que en las simulaciones, empezó a temblar ¿Serviría la solución o estaban condenados? Pum-pum,  Pum-pum,  Pum-pum,  Pum-pum, Tac.
            Dos segundos. Tic. El muro de agua estaba avanzando hacia la orilla, parecía que cada vez era más grande, y se estaba acercando para darles un enorme, húmedo y mortal abrazo. Pum-pum,  Pum-pum,  Pum-pum,  Pum-pum, Tac.
            Un único segundo. Tic. Cerró los ojos, no podía mirar, solo quedaba un segundo, todo podía ocurrir; pero parecía que todo podía fallar, todo iba mal; la ola era demasiado grande, más de lo previsto. Apretó los parpados con más fuerza. Pum-pum,  Pum-pum,  Pum-pum,  Pum-pum, TAC.