domingo, 3 de abril de 2016

El viaje de Smile



Smile apretó su peluche con más fuerza que nunca. Había alcanzado la bodega con facilidad, el camino era estrecho pero bastante corto. No estaba sola, más personas se escondían en aquel lugar, intentando huir de su planeta destrozado. Había corrido entre ellas llamando a su madre, pero no estaba, no había conseguido llegar. Lloró. Se lo había prometido, le había dicho que se marcharían juntas, pero no había sido así, le había dejado sola en un lugar desconocido en el que solo podía llorar.

El resto de personas le miraban con pena, con compasión, apartando la vista cuando ella les devolvía la mirada, evitando ser los receptores de sus llantos. Un hombre se le acercó y le hizo un gesto con la mano para que se callase. Obedeció. Ya no podía ni siquiera llorar, solo abrazar con fuerza a su osito, cualquier otra cosa alertaría a los Ruenai, cualquier otra cosa haría que volviese a la Tierra y que no consiguiera lo que su madre había soñado para ella. No podía permitirlo, si su madre la había dejado era para que fuese feliz en otro planeta teniendo una infancia de verdad. No podía renunciar a ello porque significaría que su madre habría roto su promesa sin motivo.

La nave empezó a moverse, despegaban. La bodega se había ido llenando, había más gente que la que el vehículo estaba diseñado para soportar, pero no su madre. Había tenido la esperanza de que entrase de repente y se abrazaran, pero no había sido así. Estaba sola, dirigiéndose a un lugar desconocido. Se sentó en un rincón. Había mucha gente a su alrededor que no paraba de hablar, lo hacían bajito pero era demasiado para ella, todas las voces se juntaban formando un murmullo sin sentido que le daba dolor de cabeza. Smile se tapó los oídos, quería que todos se callasen y le dejasen en paz. Quería silencio, quería a su madre, un hogar; quería todo lo que no podía conseguir.

La pequeña Smile llevaba varios días encerrada en esa bodega con el resto de personas, o eso creía, no había forma de medir las horas en esa penumbra continua. Seguía triste y sola. Durante todo ese tiempo había comido lo que los otros le habían traído, al parecer una niña llorosa era mejor compañera de viaje que una niña muerta. Porque de muertos ya iban sobrados, mucha gente en un espacio pequeño y sin oportunidad de tener una mínima higiene no era una buena combinación. Los primeros enfermos habían aparecido al tercer día y ya acumulaban más de una veintena de cadáveres. Habían intentado alejarlos lo más posible y separar a los enfermos, pero los contagios habían continuado. A ese ritmo quizá cuando llegasen a su destino solo quedasen muertos dentro de una lata gigante.

El ritmo de los contagios había disminuido, pero en esos momentos Smile tenía que llevar un pañuelo en la nariz para intentar huir del olor a podrido, no era posible, pero al menos ya les quedaba poco tiempo dentro de ese ataúd, o eso creían. Los cálculos que se habían hecho al principio decían que tendrían que haber llegado hacía ya un tiempo, aunque quizá se equivocaban y todavía iban solo a la mitad, no podían saberlo, solo podían especular. Smile cada vez estaba más cansada, cansada de la oscuridad, cansada de las paredes metálicas, cansada de las voces de sus compañeros, cansada del olor a muerto, cansada de todo.

La velocidad de la nave cambió. Por fin llegaban. Justo a tiempo porque se habían quedado sin comida y ya empezaban a pasar hambre. Al instante la temperatura se elevó en el interior, convirtiendo el lugar en un horno. El suelo quemaba, las paredes quemaban, todo quemaba. Smile no sabía cómo ponerse o dónde agarrarse, todo dolía o escocía, todo había que su piel chisporrotease y oliese a un delicioso asado. Era su primer viaje espacial, pero algo le decía que no tendría que pasar eso. No pasó mucho hasta que la situación volvió a empeorar. Un panel lateral se desprendió permitiendo que una lengua de fuego se introdujera en la bodega. La gente gritó, ya no temían que los ruenai les descubrieran, temían el fuego, temían el calor, temían lo que ya sabían que iba a pasar. Smile volvió a llorar, estaba asustada y echaba de menos a su madre, echaba de menos a toda su familia. Una mujer le cogió en brazos. No se conocían, pero en ese momento eso ya no importaba. Smile se abrazó con fuerza a la desconocida, todavía con su peluche en la mano. Se sujetó todo lo que pudo, alejando sus pies destrozados del suelo al rojo vivo.

El descenso no duró mucho, no más de dos minutos antes de que la nave se estampara contra la superficie del planeta. No había sido un aterrizaje en condiciones y en el interior lo notaron enseguida. Salieron disparados contra las paredes todavía calientes, hubo gritos, esta vez de dolor. Smile salió bien parada, la mujer que le había abrazado no tanto. Los brazos que la sujetaban cayeron lacios al suelo, la pequeña niña se acurrucó sobre el cuerpo, mirando lo que quedaba de sus compañeros bajo la luz diurna que filtraba el agujero. Todos estaban sucios y retorcidos, llenos de quemaduras y ampollas, cadáveres mezclados con cuerpos todavía en movimiento. Poco quedaba de los orgullosos humanos que habían abandonado su planeta, ya solo era un pequeño grupo perdido herido y hambriento en busca de un hogar que seguramente nunca encontrarían.