viernes, 25 de diciembre de 2015

El hombre que odiba la navidad



Miró por la ventana, ya se había hecho de noche y las farolas competían con las luces de los balcones por ver quien iluminaba el cielo con más fuerza. Hacía unas semanas que todo el mundo se había confabulado para declarar que era navidad y no había un solo rincón donde se pudiera estar a salvo de la avalancha de espumillón y bolas que amenazaba con absorber a la humanidad. Resultaba agobiante, al menos a él le resultaba agobiante: le molestaba la alegría fingida, la incitación a las compras y las amistades falsas creadas para quedar bien ante los demás.

Si fuera por él durante esa época huiría, se escondería en el lugar más recóndito del planeta, donde nadie hubiera oído hablar de la navidad, pero ¿dónde era eso? Las calles estaban llenas de gente cargada con bolsas y paquetes envueltos, llenas de niños agitando dibujos de renos y estrellas que concienzudamente les habían enseñado a pintarrajear mal en clase y llenas de viejas luces a medio fundir de campanas y hojas colgando de las farolas. Centrarse solo en las fachadas, ignorando a los viandantes, tampoco era una opción; los escaparates estaban tan sobrecargados de nieve falsa y guirnaldas que no se distinguía que vendía cada tienda y las ventanas de los pisos habían sufrido una invasión de Papa Noeles furtivos, que recordaban más a ladrones diminutos que a viejos gordinflones dispuestos a regalar juguetes.

En casa podía permanecer a salvo siempre que cerrara puertas y ventanas y aun así los villancicos de los vecinos se colarían a través del techo, dispuestos a llenar de espíritu navideño a todo el vecindario. Había pensado en encender la tele para no oír esa musiquita infernal, pero en menos de cinco minutos había demostrado no ser una opción adecuada, entre los más de cien canales que tenía lo único que era capaz de encontrar eran decenas de películas cutres en las que al final salvaban la navidad y todos recibían regalos maravillosos; ni siquiera los anuncios suponían un alivio para la empalagosa felicidad de los telefilm, solo eran otro escaparate más para difundir las fiestas todos llenos de imágenes de lazos, cajas y niños sonrientes.

¿Acaso nadie comprendía que hubiese alguna persona a la que no les gustase las fiestas navideñas? ¿Debía convertirse toda la sociedad en zombies navideños que babeaban polvorones y devoraban pannetones con forma humana? Lo peor era que ni tan siquiera podía confesar sus pensamientos, si decía la verdad en voz alta hasta la persona más amble del mundo le saltaba a la yugular comparándole con el grinch o con Mr. Scrubs. ¿No tenía derecho a tener su propia opinión?

Ya estaba harto, estaba harto de ser un paria por tener una opinión diferente, estaba harto de ocultar su verdadera opinión, estaba harto de tener que sufrir en soledad cada diciembre. No podía resignarse a pasar todos los años por lo mismo, las mismas vueltas aburrido por el salón, las mismas carreras de obstáculos cuando necesitaba salir a comprar algo, la misma soledad. No podía ser el único en el mundo que pensase así ¿O sí? Debía existir en el mundo alguien más que como él comprendiese que la navidad no era más que otra época del año, ligeramente maquillada para resultar atractiva a la humanidad; alguien que no se hubiera visto abducido por falsos mensajes de amor y amistad rebosantes de hipocresía. Si existía alguna personas así no se conocían, pero tenía que hacer algo para encontrarse con aquellos que pensaban como él y tenía un plan.

 
                                        Feliz Navidad... ¿O no?