domingo, 18 de octubre de 2015

Smile



La pequeña Smile se giró por última vez, negándose a aceptar que no volvería nunca más. Apretando con fuerza su viejo peluche contra el pecho contempló la Tierra una vez más. Poco quedaba ya del hogar que sus padres habían soñado para ella. Hacía tiempo que el cielo había abandonado su color azul por un siniestro gris cobrizo; las plantas habían desaparecido, dejando solo charcos rojizos en una tierra grisácea, y las grandes ciudades siempre iluminadas ahora no eran más que oscuras ruinas.

Su madre le apoyó la mano en el hombro, era la hora de irse. Iba a echar de menos ese lugar. Quizá no fuera el paraíso en el que crecieron sus padres, pero era el único hogar que había tenido. Ella no había conocido el mundo anterior. Aún no había nacido cuando llegaron las naves mineras y se apropiaron de la Tierra y por ello era de los pocos que no los culpaba por ese motivo; los culpaba por su padre, los culpaba por su hermano; los culpaba por todo aquello que le habían arrebatado a lo largo de su corta vida.

Ambas avanzaron juntas hacia el gran armazón de acero que dominaba todo el páramo. Era su destino y su salida; pero subir a él no iba a ser tarea fácil. La nave estaba vigilada por varios matones ruenai, totalmente amenazadores con sus cuerpos anchos de casi tres metros y sus rojizas pieles escamosas, sujetando firmemente sus potentes armas disuasorias.

A la pequeña Smile le aterraban, sobre todo por lo que sabía que eran capaces de hacer. Por lo que había oído de boca de los adultos, cuando esos lagartos engreídos aterrizaron por primera vez sus vehículos espaciales en la superficie del planeta algunos humanos ingenuos los habían recibido con las manos abiertas, dispuestos a establecer una amistad duradera con sus visitantes extraterrestres, evidentemente superiores tecnológicamente. Pero a los visitantes no les interesaba ninguna amistad, solo les interesaba el planeta, y no dudaron en arrebatárselo por la fuerza a los humanos y desde entonces mantenían un control absoluto sobre todo el territorio. Y ese control era lo que había vivido la pobre niña al ver morir a su familia, y por ese control su madre lo intentaba todo para que abandonara el planeta.

Era el momento de separarse. Smile tenía que entrar en un pequeño túnel que le llevaría directamente a la bodega de carga, mientras que su madre iría por la superficie y acabarían encontrándose las dos en el interior de la nave; o eso era lo que le habían dicho a la pequeña. Todavía sujetando el peluche con una mano, la niña empezó a gatear por el estrecho conducto mientras se despedía con la mano de su madre, que no podía evitar recordar que no iba a volver a ver la bonita sonrisa que le daba nombre a su hija.