domingo, 11 de octubre de 2015

Ciudad de arena

Se subió lentamente el mono de piel de canguro. Era de lo mejor del mercado, no se podía comparar con los modelos de polipiel que se rompían al segundo uso, pero con el sudor resultaba casi imposible subirselo. Resopló. Un tirón más y por fin consiguió colocar la cintura en su sitio. Después de eso solo necesito hacer un par de contorsiones más propias de un acrobata para colocarse las mangas y ya pudo subirse la cremallera, tapandose la mayor parte del cuerpo.

Ya casi estaba listo. Se colocó la mascara de plástico negro sobre la nariz y la boca, dejando solo visibles sus tristes ojos grises. Lo único que le faltaba era la raída capa grisacea con la que cubrió su llamativo mono de trabajo.

Terminado su ritual matutino salió a las polvorientas calles de la ciudad. Ante sus ojos se abría el deprimente paisaje que tenía que ver todos los días. Los rascacielos que antiguamente se habían erguido rectos ahora tenían las paredes convertidas en retorcidas eses, adelgazados donde la arena los había erosionado. Las grandes cristaleras traslucidas se habían vuelto opacas, llenas de centenares de rallas diminutas. Las viejas baldosas se habían roto en pedazos, que junto con la omnipresente arena formaban un nuevo firme consistente en un empedrado irregular. Entre todas aquellas ruinas que todavía se empeñaban en llamar ciudad caminaban decenas de personas cabizbajas, unos pocos afortunados todavía tenían un trabajo que les permitía comer, el resto confiaba su destino a la suerte.

Mientras miraba a toda esa gente no podía evitar pensar que era un afortunado. Recordaba que una vez una anciana le había dicho que él no necesitaba la suerte, que el era la suerte. No le llegaba a gustar la frase, había algo en ella que era inquietante; sobre todo viniendo de alguien que sabía que buena suerte para él significaba mala suerte para los demas. Mucha gente se negaba a entenderlo, pero era un trabajo como cualquier otro. Un trabajo que tenía que hacer.

Se recostó en la sombra de un portal, valorando a los transeuntes. Muchos de sus compañeros de profesión morían por ser demasiado impulsivos, a él nunca le pasaría. Quizá no fuera tan rico como podía llegar a ser, pero con sus cuarenta y dos años se estaba convirtiendo en uno de los hombres más longevos de la ciudad, el más anciano en el negocio. Descartó enseguida a todos aquellos que caminaban erguidos y con energía, no buscaba a alguien quien le sonriera la fortuna. Su objetivo deambularía sin rumbo, arrastrando los pies. Había un par de personas que encajaban en la descripción. El primero era un crío de unos trece años, demasiado joven, por muy débil que fuera no iba a ir a por él, todavía no se había convertido en un monstruo, en su mundo era recomendable conservar unos límites claros. El otro individuo era un hombre viejo, probablemente unos cinco años más joven que él, claramente superado por la vida en muchos sentidos, un espectro que ya habría perdido a la mayor parte de sus conocidos.

Ya había tomado una decisión, así que salió de su escondite pausadamente. Con sigilo se aproximó al objetivo por la espalda. Sus ropas, pardas como él resto de ese maldito mundo, eran más harapientas de lo habitual. Su pelo era largo y greñoso, lleno de nudos provocados por algún vendaval. Y sus pies ya descalzos estaban repletos de llagas producidas por las picaduras de los diminutos granos de piedras. No iba a resultar un problema, puede que incluso se sintiera agradecido.

Esperó al momento propicio, en el que nadie les observara, y rozó suavemente el hombro de su víctima con la mano. Este se giró parsimoniosamente, sospechando ya que no le esperaba nada bueno. Ambos se miraron a los ojos, contemplando mutuamente la tristeza acumulada por los años; aunque pronto sólo dos de los cuatro ojos continuarían atesorando malos momentos. El anciano abrió los brazos en señal de rendición, sabía a lo que se dedicaba el hombre del mono de piel y sabía que después de años intentando sobrevivir en el desierto ya no tenía opciones.

Todo sucedió rápido, más fácil de lo habitual, ya sólo había un hombre vivo, sosteniendo entre las manos la prueba de su crimen, un siniestro trofeo por el que el gobierno iba a pagarle bien.