domingo, 22 de noviembre de 2015

Comida sana (parte I)



Miró repetidamente a su alrededor la calle estaba vacía a excepción de un barrendero que silbaba suavemente mientras arrastraba las hojas secas con su escoba. Aun así se apartó de la luz de las farolas, dejando que las sombras le ocultasen por completo. Tenía miedo de llamar la atención, de resaltar en mitad de la noche y que alguien descubriera sus intenciones.
En cuanto el barrendero se marchó y comprobó que el único ruido era su respiración acelerada empezó a caminar, siempre ocultando su cara de cualquier observador oculto. Su destino no estaba lejos pero seguía pareciéndole un camino insalvable lleno de peligro acechándole a cada pequeño paso.

Se paró y volvió a comprobar que no le seguía nadie. Quizá tuviera demasiad paranoia, pero al menos todavía no le había pillado nadie. Llamó suavemente a la puerta que tenía enfrente. En el escaparate ponía en letras doradas que se trataba de una peluquería canina, quizá durante el día fuera así, nunca había visitado el lugar por la mañana, pero en la noche ese lugar se transformaba en algo completamente diferente.

Como respuesta a su insistente llamada la puerta se abrió un par de centímetros, lo justo para dejar que se asomara una cara de hombre, o mejor dicho un ojo de hombre que era lo único que se podía apreciar por la pequeña rendija. No esperó a que el misterioso portero dijese algo, sabía que no iba a pasar, contradecía las reglas del sitio, el visitante era el que debía decir la primera palabra.

                – El veloz murciélago hindú comía feliz cardillo y kiwi. –Susurró la frase con miedo, como hacía siempre, sintiéndose ridículo al decirla.

                – La cigüeña tocaba el saxofón en el palenque de paja.  –La voz del portero se expandió rápidamente por toda la calle, como si ignorase que lo que estaba haciendo era totalmente ilegal.

Pasaron unos segundos y el hombre le dejó pasar. Sabía que la espera tenía una explicación, la contraseña solo era algo sentimental, daba al visitante la sensación de que tenía el control de poder entrar, pero lo que realmente funcionaba era un sistema de detección de voz que comparaba al recién llegado con un registro de los socios admitidos.

Pasó, ya sin miedo, y dentro de la pequeña estancia se dirigió a la puerta del almacén. La abrió con esfuerzo, era mucho más pesada de lo que aparentaba, y por fin pudo dejar que el ambiente del local secreto le envolviera por completo.

La nueva sala era todo lo contrario a una habitación común. Tenía una acogedora iluminación amarilla, mucho más agradable que la luz azul reglamentaria, que procedía de unas viejas arañas que colgaban del techo. El suelo, en vez de ser de polímero plástico antiséptico, era de madera oscura. Y la temperatura ambiente era cálida, evidentemente superior a los 20ºC máximos que se podían usar en invierno. Pero, lo que era realmente importante en aquel lugar, eran las pequeñas mesas redondas cubiertas por manteles que llenaban todo el espacio disponible.

Un hombre vestido de traje con pajarita le escoltó hasta una de las mesas del fondo sin mediar palabra y le entregó un díptico en la mano. Era el menú del día. Muchos de los nombres de los platos que aparecían en él se habían perdido por completo en los últimos años y solo por el esfuerzo de unos pocos locos podían estar escritos en ese papel, preparados para que él pudiera disfrutarlos.
Leyó todas las opciones, incapaz de decidirse entre tantos manjares. De segundo pediría carne, aún recordaba cuando la había probado por primera vez, en ese mismo lugar; pero todavía no sabía que pedir de primero, pero sí sabía que estaría exquisito.

No era capaz de comprender como la generación de su padre había consentido abandonar esa alimentación para sustituirla por las inyecciones dietéticas aprobadas por la OMS. Vale, sabía que eso había alargado la esperanza de vida media alrededor de cinco años al eliminar sustancias potencialmente cancerígenas de la dieta, pero no lo justificaba. En su opinión ni siquiera lo justificaba la clasificación de la comida en general como droga dura al producir adicción (resultaba que una vez que la gente empezaba a comer quería comer todos los días y si pasaba mucho tiempo sin ingerir alimento era capaz de abandonar todo lo que estaba haciendo para lograrlo).
Para él abandonar la comida no tenía ningún sentido, por eso se dirigía todas las semanas a ese lugar, arriesgándose a que le detuviera la ANAA (agencia nacional de alimentación adecuada); porque la vida era demasiado larga para no saber disfrutarla.