domingo, 20 de septiembre de 2015

Noche de reflexión



Abrió la vieja lata de té, dejando que el diminuto ejército entrara por última vez en su hogar. Se sentó en el último escalón con la lata en el regazo y la ajada mochila a su lado. Ya solo podía esperar, había gastado todas sus oportunidades en el pasado.

Las campanas empezaron a tocar con ganas, avisando a todo el que quisiera oírlo de que llegaba un nuevo día. A parte del ruido no parecía haber cambiado nada, el cielo seguía igual de negro y los grillos todavía le cantaban a la luna. Era decepcionante, era el día que se lo jugaba todo, el día en el que se decidía su futuro y no tenía nada especial, nada que lo diferenciara del día anterior. Tendría que conformarse, viviría ese momento como una persona corriente, aunque hacía mucho que no tenía nada de corriente.

Una figura se aproximaba por el fondo de la calle, no le precedía el ruido de truenos apocalípticos, pero no cabía duda de que se trataba de su destino. No iba a tratar de huir, ese tiempo había pasado. Se levantó y cogió la mochila por uno de los tirantes, no era cosa de darle un mal recibimiento a su visitante. La lata vibraba en su mano con la energía poco contenida de sus habitantes que deseaban salir, pero esa noche no iba a pasar y quizá nunca fuera a pasar de nuevo.

El hombre llegó a las escaleras. Se miraron a los ojos sin decir nada, no querían estar ahí, y sin embargo estaban, de pie en la acera antigua, solo iluminados por la luna. Sin decir nada el recién llegado le indicó que le siguiera, no discutió la decisión, ni siquiera preguntó hacia donde se dirigían, simplemente obedeció la orden, resignándose a no tener ninguna influencia en lo que pasase a partir de ese momento.

Se había cansado de huir, de no dejar de mirar hacia atrás; por eso se comportaba con semejante docilidad, por eso se dejaba conducir hasta su fin. Ya era hora de asumir las consecuencias de sus actos. Su pequeño ejército no estaría de acuerdo, pero una vida a la fuga ya no le parecía apropiada. Tanto le había agotado que había llamado por voluntad propia a esa especie de justicia para entregarse.

La caminata no fue muy larga, enseguida llegaron a la puerta de un edificio majestuoso que nunca antes había estado ahí. El hombre se paró, ya no necesitaba un guía, su camino volvía a ser solitario. Miró la enorme puerta que se erigía delante, era recargada a posta, preparada para intimidar a todo aquel que quisiese entrar. Abatió con cuidado las dos hojas, provocando un chirrido que resonó por todo el pueblo abandonado. Cuando los ecos del sonido se agotaron decidió que era el momento de entrar. Se encontraba en un pasillo oscuro que serpenteaba indefinidamente, lo recorrió con calma, no había prisa para llegar al final. Después de más de diez minutos de andar en penumbra apareció una luz al fondo, sabía que era la única sala del edificio, la sala a la que debía ir.

Dentro de la estancia la luz era cegadora, aun así continuó con su camino hasta situarse en el centro. Enfrente tenía cinco asientos enormes en los que se sentaban los que iban a ser sus jueces.

– Aquí estamos reunidos para juzgar su comportamiento y decidir su destino. Por favor, cuéntenos su historia. – La voz había salido del asiento central, solicitándole que explicase por qué habían acabado todos ahí.