domingo, 19 de julio de 2015

Enfermedad



Lo sintió antes de que ocurriera. Notó la sensación de frio descendiendo lentamente por su piel. Percibió como rodaba suavemente por sus labios. Escuchó el débil plap que hizo al chocar contra el papel. La vió, una semiesfera perfecta rojo brillante, reblandeciendo poco a poco la superficie de la hoja. Intentó secarla con el puño pero fue demasiado tarde, quedo un incriminatorio aro rojo indicando donde había caído la gota. Tenía que conseguir ocultarlo, lo sabía, pero esa no era la estrategia correcta; lo único que había conseguido era tener dos manchas en vez de una.

Debía tranquilizarse y pensar con calma. Nadie lo había visto, por el momento estaba a salvo. Lo primero que tenía que hacer era destruir el papel y limpiar su camisa. Sin pruebas ni testigos nadie podía sospechar nada. Llenó la pila e introdujo los dos objetos, el agua tomaba un tono rosado casi imperceptible mientras la mancha se difuminaba por la tela y el papel se deshacía.

Lo había conseguido. Sonrió para sus adentros, había sido mucho más fácil de lo que se imaginaba, en menos de tres minutos había hecho desaparecer toda prueba de que había tenido el primer síntoma. Pero no podía sentirse a salvo, ni mucho menos, nadie iba a buscarle, de momento; pero aun así su futuro pintaba muy oscuro. Quizá tenía suerte y era una de las personas que solo mostraban algunos síntomas pero no desarrollaban la enfermedad, quizás. De momento no podía hacer nada, solo esperar. Debía tomarse unos días libres en el trabajo, quedarse tranquilamente en casa; así al menos no contagiaría a todos sus conocidos.

Se sentó en el sofá, convenciéndose a sí mismo de que no le iba a pasar nada, pero en seguida pensó en que los treinta millones de muertos también habrían dicho lo mismo y después todo había acabado mal para ellos. ¿Por qué iba a ser diferente en su caso? Había perdido su futuro, igual que el resto del planeta.

Aún recordaba cuando empezó todo seis meses antes. De repente varias personas enfermaron y murieron. No se le dio importancia, pero de una decena pasaron a un centenar y pronto los cadáveres se acumulaban en los hospitales. Las autoridades no estaban preparadas para el desastre. No paraban de llegar enfermos, los médicos ignoraban de qué se trataba y el miedo a lo desconocido entró en la multitud.

El primer mes la gente evitaba salir de sus casas, iba siempre con mascarilla y evitaba tocarse entre sí. La histeria, de gran magnitud, provocó colapsos en todos los sistemas de emergencias, desabastecimiento en los mercados y falta de producción. Por suerte todo eso tuvo su final cuando por fin consiguieron averiguar qué era lo que causaba la enfermedad. Para sorpresa de muchos no se trataba de algo novedoso, sino de un viejo conocido de la humanidad. Era un virus que varias generaciones antes había surgido en algunas zonas marginales del planeta, pero que gracias a una campaña de vacunación concienciuda había dejado de provocar muertes y había pasado a un tranquilo olvido por la comunidad sanitaria.

No pudo evitar reírse cuando pensó en esa técnica. Cuando él era pequeño se habían extendido varios rumores, que posteriormente se desmintieron, sobre que las inyecciones que se les ponían a los niños podían llegar a ser peligrosas. Con la tontería muchos padres, muy desinformados sobre todo lo que les rodeaba, decidieron arriesgar las vidas de sus hijos por creer a simples estafadores ignorantes. Y ahí estaban ahora, la población mundial se veía diezmada por una enfermedad que podían haber evitado con un par de pinchazos cuando eran niños.

Notó un intenso picor en la garganta y tosió, sin poder evitarlo. El suelo de la habitación se había coloreado de repente con unas pequeñas gotas carmesí. Respiró hondo y por mucho que no quisiera reconocerlo supo que no le quedaba mucho tiempo.