La puerta se abrió
y alguien entró en la habitación. Era él, siempre era él. Hacía años que nadie
más se acercaba a hacer ninguna visita, siempre eran los dos en su soledad
compartida, en una casa gigante que se extendía a su alrededor. Habían
envejecido y el cuento de hadas se había marchado, arrastrado por el viento.
Comieron perdices el primer año, pero ya solo les sobrevolaban cuervos, habían
cazado todas las perdices.
El alegre bosque se
había vuelto tenebroso, ya no quedaba en el nada del lugar luminoso que fue,
nada del tranquilo lugar de recreo que habían disfrutado. Los ciervos habían
huido o los lobos se los habían comido; los grandes árboles habían sido talados
por el robusto leñador; las rectas ramas se habían torcido, enredándose entre
ellas; las hojas siempre verdes, se habían marchitado, cubriendo el suelo de
naranja y marrón; los arroyos cristalinos se habían embarrado, descendiendo
sucios por sus cuencas y el cielo azul se había desecho en una eterna neblina
que cubría constantemente el oscuro y solitario bosque.
Su gran palacio
tampoco era el de antes. Sus grandes salones ya no estaban llenos de risas y
bailes, solo telarañas colgando de lámparas y tapices; las cocinas ya no ardían
completas de empleados preparando grandes banquetes, habían sido clausuradas,
sustituidas por un económico hornillo. Miraba a su alrededor y los lujosos
muebles que entorpecían el paso estaban cubiertos de polvo y agujereados por la
carcoma; los espesos cortinajes destinados a tapizar la luz exterior se habían
vuelto inservibles, totalmente transparentes por ir deshilachándose a lo largo
de los años; nada era tan bonito como fue, nada era tan perfecto.
El exterior también
había sufrido el abrazo del tiempo, perdiendo su belleza e identidad. Las
grandes fuentes estaban secas, acumulando hojas muertas. A los altos rosales
solo les quedaban las espinas, las flores desaparecidas meses atrás. Los
delicados setos habían olvidado sus formas, cuidados con prisas y sin cuidado a
lo largo de décadas. La fachada estaba sucia, con la pintura descascarillada y
las tejas de las torres caídas y rotas en el suelo. La gente que pasaba por la
zona ya no envidiaba a la pareja feliz, solo se apenaba de su suerte.
Ya no había apuesto
príncipe azul, solo un anciano calvo, de piel arrugada y gran barriga; un
hombre que se asustaba de su sombra, incapaz de salir de su palacio en ruinas,
un hombre encerrado en un mundo que hacía siglos que le había dejado atrás. Ya
no había dulce princesa inocente, solo una anciana de pelo gris, piel arrugada
y pechos caídos; una mujer que ya no cantaba a los gorriones que mucho tiempo
atrás se habían mudado al sur, una mujer que ya no bailaba con sus vestidos de
fiesta apolillados en viejos armarios empotrados cerrados con llave. Ya no
quedaba cuento de hadas y colorín colorado, solo realidad, simple y sencilla
realidad.
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